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martes, 11 de abril de 2023

HAGAMOS QUE PREVALEZCA EL HOMBRE - Fromm.


 

V. HAGAMOS QUE PREVALEZCA EL HOMBRE

 

Dentro del país más rico del mundo, los Estados Unidos, alrededor de la quinta parte de la población no participa de la buena vida de la mayoría. 

Un número considerable de nuestros conciudadanos no han alcanzado el nivel de vida que es la base de una existencia humana digna de ese nombre. Más de las dos terceras partes de la especie humana, los que durante siglos fueron el objeto del colonialismo occidental, tienen un nivel de vida de diez a veinte veces inferior al nuestro, y su expectativa de vida es la mitad de la del norteamericano promedio.

Hay millones de personas en nuestro medio, y centenares de millones fuera de nuestro país, que no disponen de alimento suficiente, restringimos la producción agrícola y, por añadidura, gastamos centenares de millones de dólares cada año en almacenar nuestros excedentes.


Somos más ricos, pero tenemos menos libertad. Consumimos más, pero estamos más vacíos. Tenemos más armas atómicas, pero estamos más indefensos.

Disponemos de más educación, pero tenemos menos sentido crítico y convicciones menos firmes.

Tenemos más religión, pero nos hemos vuelto más materialistas. Hablamos de la tradición norteamericana que, en realidad, es la tradición espiritual del humanismo radical, y llamamos “no americanos” a quienes desean aplicar la tradición a la sociedad actual.


¿En qué se ha transformado el hombre y hacia dónde se encamina si seguimos la trayectoria que ha tomado nuestro sistema industrial?

La concentración del capital llevó a la formación de empresas gigantescas, manejadas por burocracias jerárquicamente organizadas.

Aparte de la burocracia industrial, la gran mayoría de la población está administrada también por otras burocracias. Ante todo, la burocracia gubernamental (incluida la de las fuerzas armadas) que influye de una u otra manera sobre la vida de muchos millones de personas y la dirige. La burocracia industrial, la militar y la gubernamental están cada vez más entrelazadas en sus actividades y, en medida creciente, en su personal. 

Con el desarrollo de empresas cada vez mayores, los sindicatos se han transformado también en grandes maquinarias burocráticas en las que el miembro individual tiene muy poco que decir. Muchos jefes sindicales son burócratas gerenciales, iguales a los jefes de industria.

A raíz del manejo burocrático de las personas, el proceso democrático se ha convertido en un ritual -ceremonia sin sentido para entontecer a la gente- Se trate de una asamblea de accionistas de una gran empresa, de una elección política o de una asamblea sindical, el individuo ha perdido casi toda su influencia para determinar decisiones y para participar activamente en la toma de decisiones.

Pero los medios que se utilizan para producir este consentimiento son los de la sugestión y la manipulación y, junto con todo esto, las decisiones más fundamentales -las de política exterior que implican la paz y la guerra- las toman pequeños grupos que el ciudadano medio, en general ni siquiera conoce.


Se maneja y manipula al individuo no sólo en la esfera de la producción, sino también en la del consumo, que se pretende que es la única en que el individuo expresa su libre elección: consumo de alimentos, vestimenta, bebidas, cigarrillos, películas o programas de televisión, se emplea un poderoso aparato de sugestión, con dos propósitos: primero, hacer aumentar constantemente la apetencia de nuevos bienes por parte del individuo, y, segundo, orientar esas apetencias hacia los canales más provechosos para la industria.


El hombre se transforma en un “consumido”, el eterno succionador, cuyo único deseo es consumir más y “mejores” cosas. 


Nuestro sistema económico ha enriquecido al hombre materialmente, pero lo ha empobrecido humanamente.

Nuestro sistema ha creado una cultura materialista y un hombre materialista. 


Es manejado y manipulado para que sea el perfecto consumidor al que le gusta lo que le dicen que le guste, pero teniendo la ilusión de seguir sus propios gustos.


Desde la niñez se desalientan las convicciones verdaderas.

El individuo no se experimenta como portador activo de sus propias capacidades y de su riqueza interior, sino como una “cosa” empobrecida, dependiente de poderes ajenos a él, en los cuales ha proyectado su sustancia viviente. 


El hombre está alienado de sí mismo y se inclina ante las obras de sus propias manos. Se inclina ante las cosas que él produce, ante el Estado y ante los líderes que él mismo ha construido: / lo relativo a Dios, el estado, la autoridad, el orden, la tradición... /


Su propio acto se le vuelve un poder ajeno, ubicado por encima de él y contra él, en lugar de ser dominado por él. Los ídolos del hombre actual son sus productos, sus máquinas y el Estado, y esos ídolos representan las fuerzas de su propia vida en forma alienada.

Tenemos mucho, pera somos poco.

Producimos máquinas que son como hombres y hombres que son como máquinas.

Pese a que la gente logra más educación, tiene menos razón, juicio y convicción.

El hombre, en lugar de ser el amo de las máquinas que ha construido, se ha transformado en su esclavo.

El hombre preferirá destruir la vida antes que morir de hastío.

 

Hay ciertos elementos básicos en el nuevo capitalismo: el principio de que el mejor resultado para todos no se obtiene mediante la solidaridad y el amor, sino por la acción

individualista y egoísta; la creencia en que un mecanismo impersonal, el mercado, debe regular la vida en sociedad, y no la voluntad, la visión y el planeamiento de las personas.

 

El capitalismo pone a las cosas (el capital) por encima de la vida (el trabajo). El poder deriva de la posesión, no de la actividad.

 

Todo, incluida la radio, la televisión, los libros y los remedios, está sometido al principio de la ganancia, se manipula a las personas para inducirlas al tipo de consumo que es a menudo venenoso para el espíritu, y a veces también para el cuerpo.

No sólo la pobreza es un vicio social, también lo es la riqueza. 

La pobreza material priva al hombre de la base necesaria para una vida humanamente rica. La riqueza material, como el poder, corrompe al hombre. Destruye el sentido de la proporción y de las limitaciones inherentes a la existencia humana.

viernes, 7 de abril de 2023

PROFETAS Y SACERDOTES -FROMM-

 


III. PROFETAS Y SACERDOTES

 

Nunca estuvo tan difundido por el mundo, el conocimiento de las grandes ideas producidas por la especie humana, y nunca esas ideas fueron menos efectivas que hoy.

Se las enseña en miles de instituciones de enseñanza superior, y algunas de ellas son objeto de prédica en las iglesias de todos los cultos en todas partes.

Esto en un mundo que sigue los principios del egotismo irrestricto, y que alimenta un nacionalismo histérico.

Las ideas no influyen profundamente en el hombre cuando sólo se las enseña como ideas y pensamientos.

Es extremadamente difícil que un hombre sea movido por ideas, y que capte una verdad. Para lograrlo, necesita superar resistencias de inercia profundamente arraigadas, vencer el miedo al error o

a apartarse del rebaño.

Las ideas producen en verdad un efecto sobre el hombre si son

vividas por quien las enseña, si son personificadas por el maestro, si aparecen encarnadas. 

Si se enseña la humildad, quien lo enseña ha de ser humilde, queda reflejada en el mensaje, sino es un fracaso.

Muchas veces nos preguntamos por qué tal o tales personas antes eran de muy de izquierdas y ahora son de ultra derecha. La razón está en que nunca lo fueron, solo lo aparentaban, porque estaba de moda, porque sus amigos lo eran, porque lo oía en el ambiente en el que vivía. Para serlo realmente, tendría que haber vivido la desigualdad, la represión, la injusticia… En caso contrario todo es mera apariencia. /

Quienes anuncian ideas y a la vez las viven, podemos llamarlos profetas. Vivieron lo que predicaban. No los impresionaban los poderosos, y dijeron la verdad, aunque esto los llevara a la cárcel, el ostracismo o la muerte. Lo que les ocurría a otros, les ocurría a ellos. La humanidad no estaba fuera, sino dentro de ellos.

Sólo los falsos profetas ambicionan llegar a ser profetas.

Es función del profeta mostrar la realidad, señalar alternativas y protestar; es su función hablar en voz alta, despertar al hombre de su rutinario entresueño.

A los hombres que hacen uso de la idea anunciada por los profetas, los llamaremos sacerdotes.

Los profetas viven sus ideasLos sacerdotes las administran, las predican a la gente, que se adhiere a la idea. / Se hacen representantes o transmisores de los profetas. / Entonces, la idea pierde su vitalidad. Se ha transformado en una fórmula vacía.

Los sacerdotes declaran que es muy importante la manera en que se formula la idea; naturalmente, la formulación siempre se vuelve importante después que la experiencia ha muerto. / la forma hace el fondo /

 

¿de qué otro modo podría uno controlar a la gente, sino controlando sus pensamientos, a menos que haya una formulación “correcta”?

Los sacerdotes utilizan las ideas. para organizar a los hombres, para controlarlos, controlando la expresión exacta de la idea, y cuando los anestesiaron suficientemente, declaran que no son capaces de mantenerse despiertos y de dirigir su propia vida, y que ellos, los sacerdotes, obran por deber, o incluso por compasión, al cumplir la función de dirigir a los hombres que, si se los dejara librados a sí mismos, tendrían miedo de la libertad.

Hay sacerdotes no sólo en religión. Hay sacerdotes en filosofía y sacerdotes en política. Toda escuela filosófica tiene sus sacerdotes. A menudo son muy eruditos; su tarea consiste en administrar la

idea del pensador original, impartirla, interpretarla, transformarla en un objeto de museo y así custodiarla.

También hay los sacerdotes políticos; hemos visto bastantes en los últimos 150 años. Han administrado la idea de libertad, para proteger los intereses económicos de su clase social. Los sacerdotes declararon de una u otra manera que el hombre no era capaz de ser libre. 

Los sacerdotes confunden por lo común a la gente porque se proclaman sucesores del profeta y afirman que viven lo que predican. Sin embargo, aunque un niño podría ver que viven precisamente en forma opuesta a lo que enseñan, la gran masa de personas ha sufrido un efectivo lavado de cerebro y llega eventualmente a creer que si los sacerdotes llevan una vida espléndida lo hacen como sacrificio, porque tienen que representar la gran idea; o que si matan sin piedad sólo lo hacen por fe revolucionaria.

Entre los pocos en los que la idea ha llegado a encarnarse, y a los que la situación histórica transformó de maestros en profetas, está Bertrand Russell.

Bertrand Russell expresó durante muchas décadas sus ideas sobre racionalidad y humanismo, exponiéndolas en sus libros; pero en años recientes ha salido a la plaza a mostrar a todos los hombres que cuando las leyes del país contradicen a las de la humanidad, un verdadero hombre debe elegir las leyes de la humanidad.

Bertrand Russell ha reconocido que la idea, aunque se encarne en una persona, sólo cobra significación social si se encarna en un grupo. Este es el motivo por el que organizó a la gente, desfiló con ella, participo con ella en sentadas y junto con ella fue llevado en los furgones policiales. Entre las ideas que Russell encarna en su vida, quizás la primera que se debe mencionar es el derecho y el deber del hombre de desobedecer. Del hombre que puede decir “no” porque puede afirmar, que puede desobedecer precisamente porque puede obedecer a su conciencia y a los principios que ha elegido; estay hablando del revolucionario, no del rebelde sin causa. En la mayoría de los sistemas sociales la obediencia es la suprema virtud, la desobediencia el supremo pecado. / En el ejecito está escrito bien claro en las paredes de la entrada. En la iglesia también. /

Cuando en nuestra cultura la gente se siente “culpable”, lo que ocurre realmente es que tiene miedo porque ha desobedecido. / ha pecado y tendrá su castigo – la desaprobación y el desafecto de sus allegados – porque dejarán de quererle, de sentir seguridad / Lo que los perturba no es un problema moral, aunque crean que lo es, sino el hecho de haber desobedecido una orden. La enseñanza cristiana ha interpretado la desobediencia de Adán como un hecho

que lo corrompió a él y a su simiente. Esta idea está de acuerdo

con la función social de la Iglesia, que sostiene el poder de los gobernantes mediante la enseñanza del carácter pecaminoso de la desobediencia.

Los sistemas políticos autoritarios siguieron haciendo de la obediencia la piedra angular de su existencia. Apoyada por el robustecimiento del respeto a la autoridad en la familia y en la escuela.

Este siglo es la era de las burocracias jerárquicamente organizadas en el gobierno, las empresas y los sindicatos. Estas burocracias administran a las cosas y a los hombres como una unidad; siguen ciertos principios, especialmente el principio económico del balance, la cuantificación, la eficiencia máxima y el lucro, y funcionan esencialmente como lo haría una computadora electrónica que hubiera sido programada según estos principios.

 

El individuo se transforma en un número, se convierte en una cosa. Pero justamente porque no hay una autoridad manifiesta, porque el individuo no está “forzado” a obedecer, se hace la ilusión de que actúa voluntariamente, de que sólo sigue a la autoridad

“racional”. ¿Quién puede desobedecer lo “razonable? ¿Quién puede desobedecer cuando ni siquiera se da cuenta de que obedece?

La corrupción de las teorías de la educación progresista ha llevado a un método en que al niño no se le dice qué hacer, no se le dan órdenes ni se lo sanciona por el fracaso en ejecutarlas. El niño simplemente “se expresa a sí mismo”. Pero desde el primer día de su vida en adelante, está lleno del impío respeto a la conformidad, del temor de ser “diferente”, del miedo de alejarse del resto del rebaño. Tiene opiniones, pero no convicciones; se divierte, pero es desdichado; está incluso dispuesto a sacrificar su vida y la de sus hijos en la obediencia voluntaria a poderes impersonales y anónimos.

La cuestión de la desobediencia es de vital importancia. Mientras según la Biblia la historia humana comenzó con un acto de desobediencia —Adán y Eva—, mientras de

acuerdo con el mito griego la civilización comenzó con el acto de desobediencia de Prometeo, no es improbable que la historia humana termine con un acto de obediencia a autoridades que a su vez obedecen a los fetiches arcaicos de la soberanía del Estado”, el “honor nacional”, la “victoria militar”, y que darán las órdenes de apretar los botones fatales a quienes les obedecen a ellos y a sus fetiches.

La desobediencia es entonces, un acto de afirmación de la razón y la voluntad.

El hombre no necesita ser agresivo o rebelde; necesita mantener sus ojos abiertos, estar plenamente alerta y deseoso de asumir la responsabilidad de hacer abrir los ojos a quienes se hallan en peligro de perecer porque están amodorrados.

El filósofo desobedece a los clisés y a la opinión pública porque obedece a la razón y a la humanidad.

El filósofo es un ciudadano del mundo; su objeto es el hombre —no esta o aquella persona, está o aquella nación—. Su país es el mundo, no el lugar donde ha nacido.

El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo

y terrible; el pensamiento es despiadado con el privilegio, las instituciones establecidas y los hábitos

confortables; el pensamiento es anárquico y sin ley, indiferente a la autoridad, despreocupado de la acreditada sabiduría de las edades.

Pero, para que el pensamiento llegue a ser posesión de muchos, no privilegio de unos pocos, debemos eliminar el temor. Es el temor lo que contiene a los hombres —el temor de que sus acendradas creencias resulten engañosas, el temor de que las instituciones por las que viven resulten

dañinas, el temor de que ellos mismos resulten menos dignos de respeto de lo que habían supuesto que eran. “¿Debe el trabajador pensar libremente acerca de la propiedad? Entonces, ¿qué nos ocurriría a nosotros, los ricos? ¿Deben los jóvenes, hombres y mujeres, pensar libremente acerca del sexo? Entonces, ¿qué ocurrirá con la moralidad? ¿Deben los soldados pensar libremente acerca de la guerra? Entonces, ¿qué ocurrirá con la disciplina militar? ¡Basta de pensamiento! ¡Retornemos a las sombras del prejuicio, para que no cortan peligro la propiedad,

la moral y la guerra! Es mejor que los hombres sean estúpidos, lerdos y tiránicos, y no que su pensamiento sea libre. En efecto, si su pensamiento fuera libre, Podrían no pensar como nosotros. Y este desastre debe evitarse a toda costa.” Así argumentan los oponentes del pensamiento

en las profundidades inconscientes de su alma. Y así actúan en sus iglesias, sus escuelas y sus universidades.

 

La gente no se aferra a la vida cuando la ve amenazada; si no, ¿cómo podría explicarse su pasividad ante la amenaza de una catástrofe nuclear?

La gente confunde excitación con goce, estremecimiento con amor a la vida.

Todas las virtudes por las que se encomia al capitalismo —la iniciativa individual, la disposición a asumir riesgos, la independencia— han desaparecido desde hace mucho de la sociedad industrial y se las debe buscar sobre todo en las películas del Oeste y entre los gánsteres.

La atracción por la muerte, que Unamuno llamó necrofilia, no es sólo un producto del pensamiento fascista. Es un fenómeno profundamente enraizado en una cultura que está dominada cada vez más por las organizaciones burocráticas de las grandes corporaciones, gobiernos y ejércitos,

y por el rol central que desempeñan las cosas, los artefactos y las máquinas.

viernes, 17 de marzo de 2023

MARXISMO Y PSICOANALISIS - E. FROMM

 

I.              MARXISMO Y PSICOANALISIS

 

El marxismo es un humanismo y su objetivo consiste en procurar el pleno desarrollo de las potencialidades del hombre.

En lo referente al hombre, la gran obra de Marx consistió en liberar las categorías económicas y filosóficas, de sus expresiones abstractas y alienadas, y en aplicar la filosofía y la economía ad hominem.

 

Si no se entiende esta preocupación de Marx, nunca se comprenderá ni su teoría ni la falsificación a la que ésta fue sometida por muchos de los que dicen practicarla.

 

La obra de Marx, está poblada de conceptos psicológicos. Sin embargo, no contiene prácticamente teorías psicológicas, exceptuando algunas observaciones fragmentarias tales como distinción entre impulsos fijos (como hambre y sexualidad) e impulsos flexibles de origen social

Los volúmenes que contienen la correspondencia no abreviada entre Marx y Engels revelan una capacidad para indagar profundamente las motivaciones inconscientes que honraría a cualquier eminente psicoanalista.

Marx murió en 1883; Freud empezó a publicar sus trabajos más de diez años después de la muerte de Marx.

 

La psicología apta para servir al pensamiento marxista debe ser aquella capaz de entender la evolución de estas fuerzas psíquicas como un proceso de interacción constante entre las necesidades del hombre y la realidad social e histórica en la cual éste participa. Debe ser, desde sus mismos comienzos, una psicología social. Y debe ser una psicología crítica, sobre todo crítica de la conciencia del hombre.

 

La teoría marxista necesita de una teoría psicológica, debe encarar los problemas de la identidad del hombre y del significado y el objetivo

de su vida.

El empleo de una psicología dinámica, crítica, socialmente orientada, tiene una importancia crucial para el mayor desarrollo de la teoría marxista y de la práctica socialista; Una teoría que tiene por centro al hombre no puede continuar prescindiendo de la psicología si no quiere perder contacto con la realidad humana.

 

El primer problema del que se deberá ocupar el psicoanálisis es el del “carácter social, matriz común a un grupo (nación o clase, por ejemplo) que determina efectivamente los actos e ideas de sus miembros.

Implica una elaboración especial del concepto freudiano de carácter, la manifestación relativamente estable de diversos géneros y tendencias de la libido, la energía psíquica orientada hacia determinados objetivos y emanada de determinadas fuentes. 

Explica el comportamiento como la expresión de nítidas tendencias pasionales. Dentro del cual, el comportamiento de los padres es el principal responsable del desarrollo de la libido.

El concepto de carácter social se refiere a la matriz de la estructura caracterológica común a un grupo. La formación del carácter social depende de la práctica de la vida tal como es constituida por la forma de producción y por la estratificación social resultante. 

El “carácter social” es aquella estructura particular de energía psíquica que una sociedad dada plasma con el propósito de que resulte útil para el funcionamiento de esa misma sociedad.

 

La persona debe querer hacer aquello que debe hacer para desempeñarse en una forma que permita que la sociedad utilice sus energías para sus propios fines.

Así pues, el capitalismo sólo funciona con hombres ávidos por trabajar, disciplinados y puntuales, cuyo mayor interés consiste en el lucro monetario, y cuyo principio fundamental en la vida consiste en el beneficio económico que deriva de la producción y el intercambio

 

El carácter social representa la forma en que se moldea la energía humana para aprovecharla como fuerza productiva en el proceso social.

El carácter social es reforzado por todos los medios influyentes de la sociedad: su sistema educativo, su religión, su literatura, sus canciones, sus chistes, sus hábitos y, por encima de todo, sus métodos familiares para criar a los niños.

Gran parte de la estructura de carácter de los individuos se forma en los cinco o seis primeros años de vida. Los padres son primordialmente los agentes de la sociedad tanto por su propio carácter como por sus métodos educativos.

 

La teoría de la libido está arraigada en el concepto mecanicista del

hombre como máquina, donde la libido (además del instinto de conservación) actúa como fuente de energía, gobernada por el “principio del placer”, y la reducción de la tensión incrementada de la libido a su nivel normal. 

 

Chocando con este concepto, Fromm intento demostrar 

 que las diversas tendencias del hombre, que es primordialmente un ser social, se desarrollan como consecuencia de su necesidad de “asimilar” (cosas) y de “socializar” (con gente), y que

las formas de asimilación y socialización que constituyen sus pasiones principales dependen de la estructura social en la cual él vive. En este concepto se interpreta al hombre como un ser caracterizado por sus tendencias pasionales hacia los objetos -hombres y naturaleza- y por su necesidad de relacionarse con el mundo.

 

El concepto de carácter social ofrece respuesta a importantes problemas que la teoría marxista no analizó a fondo.

 

1)    ¿Cuál es la causa por la cual una sociedad logra asegurarse la lealtad de la mayoría de sus miembros, aunque éstos sufran bajo el sistema y aunque su razón les diga que la lealtad a ella los perjudica? ¿Por qué su interés real como seres humanos no triunfó sobre sus intereses ficticios engendrados por todo tipo de influencias y lavados de cerebro ideológicos? ¿Por qué la conciencia de su situación de clase y de las ventajas del socialismo no fue tan eficaz como lo supuso Marx? Cuando una sociedad ha logrado moldear la estructura de carácter del hombre común de modo tal que le guste hacer lo que debe hacer, éste se siente satisfecho con las condiciones que le impone la sociedad.  “Puede hacer todo lo que quiere porque sólo quiere lo que puede hacer”. Un carácter social que, por ejemplo, está satisfecho con la sumisión, es un carácter mutilado.

 

2)    El concepto de carácter social también sirve para explicar el nexo entre la base material de una sociedad y la “superestructura ideológica”. La sociedad produce el carácter social, y el carácter social tiende a producir ideas e ideologías que se adaptan a él, que lo nutren, y a aferrarse a ellasNo es sólo la base económica la que crea un determinado carácter social que, a su vez, crea ciertas ideas. Las ideas, una vez creadas, también influyen sobre el carácter social, e indirectamente, sobre la estructura socioeconómica. El carácter social es el intermediario entre la estructura socioeconómica, las ideas y los ideales que prevalecen en una sociedad.  Es el intermediario en ambas direcciones: desde la base económica hacia las ideas y desde las ideas hacia la base económica.

 

3)    El concepto de carácter social puede explicar cómo una sociedad utiliza la energía humana, lo mismo que cualquier otra materia prima, para sus necesidades y sus fines. El hombre es una de las fuerzas naturales más maleables; se lo puede utilizar prácticamente para cualquier fin; hacer odiar o cooperar, someterse o erguirse, disfrutar con el sufrimiento o con la felicidad.

 

4)    También es cierto que el hombre sólo puede resolver el problema de su existencia con el pleno despliegue de sus poderes humanos. Cuanto más mutila una sociedad al hombre, más se deteriora éste, aunque conscientemente se muestre satisfecho con su suerte. Pero inconscientemente está disconforme, y esta misma disconformidad es el elemento que lo impulsa eventualmente a cambiar las formas sociales que lo mutilan.  El cambio y la revolución sociales emanan también del choque entre las condiciones sociales inhumanas y las inalterables necesidades del hombre.  Se puede hacer casi cualquier cosa a un hombre, pero sólo casi. La historia de la lucha del hombre por la libertad es la expresión más reveladora de este principio.

 

5)    El concepto de carácter social no es sólo un elemento teóricoCada carácter es una estructura cargada de energía, que se resistirá con la violencia o el obstruccionismo silencioso,

si se intenta cambiarla. Este síndrome debe su existencia a la norma común de producción que ha caracterizado la vida pobre durante miles de años. Lo mismo se aplica a una clase media baja en decadencia, ya se trate de aquella que llevó a Hitler al poder, o de los blancos pobres del Sur de los Estados Unidos.  La falta de toda forma de estímulo cultural positivo; el resentimiento contra su situación particular, que es la de los postergados por los movimientos evolutivos de su sociedad; el odio contra aquellos que destruyeron las imágenes que en otra época los llenaron de orgullo, crearon un síndrome del carácter que está integrado por el amor a la muerte (necrofilia), la intensa y maligna fijación en la sangre / la consanguineidad, el apego a los familiares de sangre / y el suelo, / la tierra donde se nació de donde deriva el regionalismo, patriotismo y racismo / y un violento narcisismo de grupo (que se expresa en un nacionalismo y un racismo vigorosos). La estructura de carácter del obrero industrial comprende puntualidad, disciplina, capacidad para el trabajo en equipo; éste es el síndrome que constituye la condición mínima para el eficaz desempeño de un obrero industrial.  Se omiten otras diferencias como: dependencia-independencia; interés-indiferencia; actividad-pasividad; si bien las mismas tienen capital importancia para la estructura de carácter del trabajador, tanto actual como futuro. 

6)    La aplicación más importante del concepto de carácter social consiste en distinguir el carácter social futuro de una sociedad socialista, tal como la imaginó Marx, de aquel otro carácter social del capitalismo del siglo XIX, con su deseo primordial de poseer propiedad y riqueza, y del carácter social del siglo XX (capitalista o comunista), que se impone cada vez más en las sociedades muy industrializadas: el carácter del homo consumens. El homo consumens es el hombre cuyo objetivo fundamental no es principalmente poseer cosas, sino consumir cada vez más, compensando así su vacuidad, pasividad, soledad y ansiedad interiores.  El individuo, que no tiene control sobre las circunstancias de su trabajo, / ni de su vida o que se siente desrealizado / se siente impotente, solo, aburrido y angustiado. Al mismo tiempo, la necesidad de lucro de las grandes industrias de consumo recurre a la publicidad y lo transforma en un hombre voraz, un lactante a perpetuidad que desea consumir más y más, y para el que todo se convierte en artículos de consumo: los cigarrillos, las bebidas, el sexo, el cine, la televisión, los viajes, e incluso la educación, los libros y las conferencias. Se crean nuevas necesidades artificiales y se manipulan los gustos del hombre. (El carácter del homo consumens en sus formas más extremas constituye un conocidísimo fenómeno psicopatológico.  Se encuentra en muchos casos en personas deprimidas o angustiadas que se refugian en la sobrealimentación, las compras exageradas o el alcoholismo para compensar la depresión y la angustia ocultasLa avidez de consumir (una forma extrema de lo que Freud llamó el “carácter oral-receptivo’”, se está convirtiendo en la fuerza psíquica predominante de la sociedad industrial contemporánea. El homo consumens se sumerge en la ilusión de felicidad consumiendo, en tanto que sufre inconscientemente los efectos de su hastío y su pasividad. Cuanto mayor es su poder sobre las máquinas, mayor es su impotencia como ser humano; cuanto más consume más se esclaviza a las crecientes necesidades que el sistema industrial crea y maneja. Confunde emoción y excitación con alegría y felicidad, comodidad material con vitalidad; el apetito satisfecho se convierte en el sentido de la vida, la búsqueda de esa satisfacción, en una nueva religión.  La libertad para consumir se transforma en la esencia de la libertad humana.

 

Este espíritu de consumo es precisamente lo contrario del espíritu de una sociedad socialista tal como lo imaginó Marx. El percibió claramente el peligro inherente al capitalismo. Su meta era una sociedad en la cual el hombre sea mucho, no en la cual tenga o use mucho. Quería liberar al hombre de las cadenas de su apetito material para que pudiera estar totalmente despierto, vivo y sensible, y para, que no fuese el esclavo de su codicia. La producción de demasiadas cosas útiles —escribió— deriva en la creación de demasiadas personas inútiles.

 Deseaba abolir la pobreza extrema, porque ésta impide que el hombre alcance su plena dimensión humana; también quería evitar la riqueza extrema, en cuyo ámbito el individuo se convierte en prisionero de su avidez.

Su objetivo era óptimo: la satisfacción de aquellas necesidades humanas genuinas que sirven de medios para una vida más plena y más rica. Una de las ironías de la historia consiste en que el espíritu del capitalismo, la satisfacción del apetito material, esté conquistando a los países comunistas y socialistas que, gracias a su economía planificada, podrían contenerlo. Este proceso tiene su propia lógica: la riqueza material del capitalismo impresionó inmensa-mente a aquellos países más pobres de Europa donde había triunfado el comunismo, y la victoria del socialismo se identificó con la competencia exitosa del capitalismo, dentro del espíritu de éste. El socialismo corre el peligro de degenerar en un sistema capaz de lograr que los países más pobres se industrialicen más rápidamente que el capitalismo, omitiendo convertirse en una sociedad en la cual la meta principal sea el desarrollo del hombre y no de la producción económica. El desarrollo de esta última ha sido alentado por el hecho de que el comunismo soviético, al aceptar una versión grosera del “materialismo” de Marx, perdió contacto, lo mismo que los países capitalistas, con la tradición espiritual humanista que tuvo en Marx a uno de sus más destacados representantes.  Es cierto que los países socialistas no han resuelto el problema de satisfacer las necesidades materiales legítimas de sus poblaciones (e incluso en los Estados Unidos el 40 por ciento de la población no es “opulenta”). Pero tiene extraordinaria importancia que los economistas, filósofos y psicólogos sociales tengan conciencia del peligro implícito en el hecho de que la meta del consumo óptimo pueda transformarse fácilmente en la del consumo máximo. La misión de los teóricos socialistas consiste en estudiar la naturaleza de las necesidades humanas genuinas, cuya satisfacción puede aumentar la vitalidad y la sensibilidad del hombre, y las necesidades sintéticas creadas por el capitalismo, que tienden a debilitar al hombre, a hacerlo más pasivo y aburrido, a convertirlo en esclavo de su apetito por las cosas. Lo que subrayo aquí no es que se deba restringir la producción como tal, sino que una vez que se hayan satisfecho las necesidades óptimas del consumo individual, se la debe canalizar hacia la multiplicación de los medios de consumo social tales como escuelas, bibliotecas, teatros, parques, hospitales, transportes públicos, etc.  El consumo individual siempre creciente de los países altamente industrializados sugiere que la competencia, la codicia y la envidia son engendradas no sólo por la propiedad privada, sino también por el consumo privado irrestricto.  Los teóricos socialistas no deben olvidar que el objetivo de un socialismo humanista consiste en edificar una sociedad industrial cuya forma de producción sirva al pleno desarrollo del hombre total, y no a la creación del homo consumens; que la sociedad socialista es una sociedad industrial apta para la vida y el desarrollo de seres humanos.

7)    Existen métodos empíricos que permiten estudiar el carácter social. Descubrir: la frecuencia de los diversos síndromes de carácter -la intensidad de los diversos factores dentro del síndrome, los factores nuevos o contradictorios que han sido engendrados por condiciones socioeconómicas diferentes - permiten indagar el vigor de la estructura de carácter existente. Si sólo conozco las “opiniones” políticas de las personas tal como han sido determinadas por las encuestas, sé también cómo es probable que actúen en el futuro inmediato. Si deseo conocer el vigor de fuerzas (que quizás en ese momento todavía no se manifiestan conscientemente) tales como, por ejemplo, el racismo, el belicismo o el pacifismo, dichos estudios de carácter me revelan el vigor y la orientación de las fuerzas subyacentes que operan en el proceso social y que quizás se manifiesten sólo después de algún tiempo. Un rasgo común a todos ellos, consiste en que evitan el error de confundir las ideologías (racionalizaciones) con expresiones de la realidad interior, generalmente inconsciente. Utilizando un test proyectivo ampliado se puede obtener una imagen verosímil de la estructura de carácter de una persona. Otros tests proyectivos, el análisis de los chistes, las canciones y los cuentos favoritos, y del comportamiento observable (especialmente de los “pequeños actos” tan importantes para el examen psicoanalítico) ayudan a obtener resultados correctos. Desde el punto de vista metodológico, todos estos estudios ponen especial énfasis en la forma de producción y en la estratificación de clases resultante, en los rasgos de carácter y en los síndromes más significativos que ellos engendran, y en la relación entre estas dos series de datos. Así, recurriendo al método de muestreos estratificados, es posible estudiar a naciones Integras o a grandes clases sociales incluyendo a menos de mil personas en la investigación. El estudioso de la psicología social marxista dedicará la mayor atención al “inconsciente socia1.”  Este concepto se refiere a aquella represión de la realidad interior que es común a grandes grupos. Toda sociedad debe hacer los mayores esfuerzos para evitar que sus miembros (o los de una clase particular) tomen conocimiento de impulsos que, si fueran conscientes, podrían desembocar en ideas o actos socialmente “peligrosos”. La censura eficaz no es aquella que se manifiesta a nivel de la palabra impresa o hablada, sino aquella que incluso impide que los pensamientos se vuelvan conscientes, reprimiendo la sensibilidad peligrosa. Naturalmente, el contenido del inconsciente social depende de las muchas formas de estructura social, y puede implicar agresividad, rebeldía, subordinación, soledad, infelicidad, hastío, etc., para mencionar sólo unos pocos ejemplos. Es necesario reprimir constantemente y suplantar el impulso contenido recurriendo a ideologías que lo niegan o afirman su contrario. Al hombre aburrido, angustiado, infeliz de la sociedad industrial contemporánea se le enseña a pensar que es feliz y que rebosa de alegría. En otras sociedades, al hombre despojado de libertad de pensamiento y de expresión se le enseña a pensar que ha alcanzado prácticamente la forma más completa, aunque en ese momento sólo sus dirigentes hablen en nombre de dicha libertad. En algunos sistemas se reprime el amor a la vida, y se cultiva en cambio el amor a la propiedad; en otros, se reprime la conciencia de la alienación. Otra forma de expresar el fenómeno del inconsciente consiste en referirse a él en los términos empleados por Hegel y Marx, o sea, como la totalidad de las fuerzas que operan a espaldas del hombre mientras éste tiene la ilusión de gozar de su libre albedrío, o, tal como lo expresó Adam Smith: “una mano invisible guía al hombre económico para promover un fin que no forma parte de su intención”. En tanto que Smith creía que esta mano invisible era benévola, Marx (y también Freud) la consideraron peligrosa; era necesario desenmascararla para despojarla de su eficacia. La conciencia es un fenómeno social; para Marx consiste sobre todo en falsa conciencia, la obra de las fuerzas de la represión. El inconsciente, lo mismo que la conciencia, es también un fenómeno social, determinado por el “filtro social” que no permite que la mayoría de las experiencias humanas auténticas ascienda del inconsciente a la conciencia. Este filtro social consiste primordialmente en a) el lenguaje, b) la lógica, y e) los tabúes sociales; está cubierto por las ideologías (racionalizaciones) que se experimentan subjetivamente como ciertas, cuando en realidad no son más que ficciones socialmente producidas y compartidas. Esta interpretación de la conciencia y la represión puede demostrar empíricamente la validez de la afirmación de Marx acerca de que “la existencia social determina la conciencia”. Por obra de estas consideraciones, surge otra diferencia entre el psicoanálisis freudiano dogmático y el de orientación marxista. Freud creía que la causa de represión efectiva (el contenido más importante a reprimir son los deseos incestuosos) es el miedo a la castración. Yo opino, por el contrario, que tanto individual como socialmente, lo que más teme el hombre es el aislamiento absoluto respecto de sus semejantes, el ostracismo total. Incluso el miedo a la muerte es más fácil de soportar. La sociedad impone sus exigencias de represión amenazando con el ostracismo. Quien no niega la presencia de determinadas experiencias está desubicado, no tiene cabida en ningún lugar, corre peligro de volverse loco. (La locura es, en verdad, la enfermedad caracterizada por la ausencia total de vinculación con el mundo exterior). Los marxistas supusieron casi siempre que aquello que obra a espaldas del hombre y lo dirige son las fuerzas económicas y sus expresiones políticas. El estudio psicoanalítico demuestra que éste es un concepto demasiado estrecho. La sociedad está compuesta por hombres, y cada hombre está dotado de un potencial de tendencias pasionales, que van desde las más arcaicas hasta las más progresistas. La suma de este potencial humano está moldeada por el conjunto de fuerzas económicas y sociales características de cada sociedad dada. Estas fuerzas del conjunto social producen un determinado inconsciente especial y ciertos conflictos entre los factores represivos y las necesidades humanas dadas que son esenciales para el normal desempeño humano (por ejemplo, un cierto grado de libertad, estímulo, interés en la vida, felicidad).  En verdad, tal como dije antes, las revoluciones se materializan como expresión, no sólo de las nuevas fuerzas productivas, sino también de la parte reprimida de la naturaleza humana, y sólo triunfan cuando se combinan las dos condiciones.  La represión, ya esté condicionada individual o socialmente, deforma al hombre, lo fragmenta, lo priva de su humanidad total. La conciencia representa al “hombre social” determinado por una sociedad dada; el inconsciente representa al hombre universal que hay en nosotros, al bien y al mal, al hombre total que justifica la frase de Terencio: “Creo que nada humano me es ajeno.” (Casualmente, éste era el lema favorito de Marx.) La psicología profunda también puede hacer un aporte a un problema que desempeña un papel capital en la teoría de Marx, aunque éste nunca llegara a una solución satisfactoria: el problema de la esencia y la naturaleza del hombre. Una respuesta asentada sobre el análisis psicológico reside en la hipótesis de que no existe una “esencia del hombre” en el sentido de una sustancia que permanece inmutable en el curso de toda la historia. La esencia del hombre reside en la misma contradicciónentre la circunstancia de que se halla en la naturalezaantojado al mundo independientemente de su voluntad, y arrebatado contra su voluntad, en un lugar y un momento accidentales, y la circunstancia de que trasciende la naturaleza por obra de su falta de facultades instintivas y por su conciencia de sí mismo, de otros, y del pasado y el presente. Existe una cantidad de respuestas calculables pero limitadas al problema de la búsqueda de la unidad. El hombre puede hallar la unidad tratando de regresar a la etapa animal, eliminando aquello que es específicamente humana (la razón y el amor), siendo esclavo o esclavizador, transformándose en cosa de lo contrario desarrollando sus poderes humanos específicos hasta encontrar una nueva unidad con sus semejantes y con la naturaleza.  Libre para convertir el desarrollo de todas sus posibilidades en la verdadera meta de su vida—, en un hombre que deba su existencia a su propio esfuerzo. Las posibilidades diferentes y contradictorias del hombre —constituye su esencia.  La libertad no implica “actuar con la conciencia de las necesidades”, sino que se asienta sobre la conciencia de las verdaderas posibilidades y de sus consecuencias, en contraste con la creencia en posibilidades ficticias e irreales que son narcóticas y destruyen la posibilidad de libertad. Respecto al fenómeno de la alienación: no se puede hablar responsablemente de alienación si no se la ha experimentado en uno mismo y en otros. Además, para alcanzar a entender plenamente el fenómeno de la alienación y para poder estudiar el grado de alienación en diversas clases sociales y las condiciones sociales que tienden a incrementarla o reducirla hay que examinar su relación con el narcisismo, la depresión, el fanatismo y la idolatría.

 

Este ensayo implica una invitación a incorporar al pensamiento marxista, como punto de mira significativo, un psicoanálisis, dialéctica y humanística-mente orientado. Creo que el marxismo

necesita de esta teoría psicológica y que el psicoanálisis necesita adoptar la auténtica teoría marxista. Esta síntesis fecundará ambos campos,