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lunes, 27 de noviembre de 2023

EL BIEN Y EL MAL - la DESIGUALDAD -

 


Recopilaciones realizadas por Joaquín Benito Vallejo


DES-IGUALDAD

 

Los mitos siempre son falsos, pero a menudo no del todo.

 

Al parecer, la época entre la escisión de los humanos de sus parientes primates más próximos (hace unos pocos millones de años) y la aparición de las primeras sociedades complejas (hace unos pocos miles de años) se caracterizó por un grado asombroso de igualdad política, material y social.


Hace aproximadamente cinco mil años surgieron las primeras civilizaciones, y con ellas las ciudades, que a su vez se unieron para formar Imperios.


Se fueron produciendo los propios avances tecnológicos y procesos de evolución social: los humanos iniciaron la agricultura sistemática; empezaron a quemar tierra para hacer recipientes de barro; aprendieron a construir diques y a regar sus campos con ríos desviados. 


Se crearon nuevas formas de repartir las tareas, que dieron lugar a los trabajadores especializados y los comerciantes.


Surgió una clase dominante que intentaba esculpir en piedra su propia autoridad con imponentes construcciones monumentales.

 

En la «media luna fértil» de Mesopotamia, entre los ríos Éufrates (en sumerio Buranun) y Tigris (Idigina) floreció la cultura sumeria, cuyas metrópolis de Uruk, Lagash, Kish y Babilonia fueron gobernadas por las dinastías de Ur y los reyes Sargón y Gilgamesh. 


En Mehrgarh y Harappa, en los actuales Pakistán y la India, surgió en paralelo la cultura del valle del Indo; en Zhongguo, el reino situado en medio de la actual China, los emperadores de la dinastía Xia declararon en algún momento su poder.

 

Ese ritmo produjo las primeras civilizaciones desarrolladas y al mismo tiempo generó un poder y una desigualdad social que nunca había existido.


Desde Karl Jaspers, en filosofía se suele definir la fase hoy conocida como «era axial», comprendida entre el año 800 y el 200 a. C., como un episodio de transformación radical y progreso memorable en el que se creó el vocabulario fundamental y la autopercepción humanista que luego conformaron —aunque ocurriera bastante más tarde— los pilares de la Ilustración y la época moderna.


Parece basarse sobre todo en que durante ese periodo vivieron y trabajaron una serie de personas de gran influencia intelectual: desde Homero y Platón, pasando por Jesús de Nazaret y Zaratustra, hasta Siddharta Gautama, Confucio y Lao Tse.

 

La razón por la que abandonamos nuestra edad de oro de la igualdad sigue siendo un misterio. 


¿Qué nos llevó a descubrir la desigualdad hace cinco mil años?


A estas alturas estamos acostumbrados a aceptar la desigualdad social como un hecho natural.


Sin embargo, si la posición social de una persona depende de poco más que de sus cualidades innatas, parece que el miembro del grupo más fuerte o con menos escrúpulos será capaz de dominar a los demás. Así, el estado natural humano habría sido siempre el de la desigualdad.


También las sociedades humanas que han dejado un rastro histórico notable se basaban siempre en una estructura de extrema desigualdad.


Los registros escritos y otros legados simbólicos recogen señales de enormes riquezas y de prebendas sociales.


En cambio, hoy en día está aceptado que los grupos sencillos de cazadores y recolectores, a menudo nómadas, casi siempre se organizaban con una igualdad pasmosa.


En las observaciones de sociedades tribales de nuestros días, desde el Ártico hasta el Kalahari y la meseta brasileña, donde se desconocen diferencias significativas de estatus o bienes, así como la centralización política, o son mucho menos importantes.

 

Un reparto del trabajo complejo apareció más tarde, hace unos treinta mil años, de igualdad de género, las sociedades de cazadores y recolectores destacan de forma encomiable.

 

Uno de los principales factores del proceso de cambio hacia la jerarquía y la desigualdad parece ser el desarrollo de la agricultura y de una forma de vida cada vez más sedentaria.

 

El modo de vida agrícola dio seguridad y estabilidad por dentro y por fuera, una oferta regular de alimentos y protección frente a las inclemencias de la naturaleza.


Jared Diamond, presenta la invención de la agricultura como «el peor error de la historia de la humanidad»

 

 ¿O en el paso de la tribu al Estado reside la verdadera raíz de todos los males?

 

Thomas Hobbes: -EL HOMBRE ES UN LOBO PARA EL HOMBRE- (Los seres humanos sin un poder común que lo mantiene todo bajo control se encuentran en un estado o condición llamado guerra de todos contra todos).


Jean-Jacques Rousseau: - Se posiciona en contra del influjo corruptor de la cultura humana.


Los dos filósofos se equivocan. Rousseau al definir a los seres humanos como criaturas solitarias y pacíficas, aunque los humanos siempre hemos sido seres sociales pacíficos, equitativos y cooperativos en nuestro interior, pero nos comportábamos como sanguinarias bandas de ladrones, violadores y asesinos. 

Y Hobbes porque nos veía solo como unos egoístas estrategas y calculadores, cuyos acuerdos carecen de valor sin la espada del Estado.


La cooperación solo puede producirse si la conducta poco colaboradora deja de ser la estrategia prevaleciente.


La aparición de los Estados (pre)modernos y las primeras civilizaciones no habrían sido posible sin la transición a la agricultura como principal fuente de alimentación, ya que un número creciente de personas que convivían en un espacio cada vez más reducido solo se podía abastecer mediante el cultivo controlado de alimentos muy nutritivos.


La vida sedentaria derivada de la agricultura aumentaba también el riesgo de sufrir enfermedades y epidemias zoonóticas.

 

Nuestros antepasados anteriores a la civilización trabajaban menos, dormían más y tenían más tiempo libre.


Afecciones propias de la civilización, como la depresión, el dolor de espalda, el acné, las enfermedades cardiocirculatorias o incluso el cáncer, eran prácticamente desconocidas entre nuestros primeros antepasados, igual que el sobrepeso.

 

La igualdad social parece ser la forma de vida «natural» del ser humano.


Aun así, las sociedades tribales primitivas tuvieron que hacer un esfuerzo notable para conservar esa condición.


Para mantener a raya las fuerzas centrífugas de la desigualdad social,

nuestros antepasados crearon diversas técnicas que establecían una «jerarquía de dominación inversa.


Cuando aprendimos a colaborar también supimos conspirar en grupos pequeños contra otros individuos.


Las estructuras de propiedad igualitarias impedían que miembros concretos del grupo adquirieran distinción social por medio de una riqueza desmesurada. 


Existían formas rudimentarias de propiedad privada o, mejor dicho, de privilegios en el derecho de uso, pero, como el uso de herramientas, recursos, carne o vivienda estaba regulado por normas comunales de acceso que no excluían a nadie, nunca se produjo un gran desequilibrio.

 

Contra los «grandes hombres» más insoportables solía formarse una coalición de los oprimidos —o de los amenazados con la opresión— que se deshacía definitivamente de sus torturadores mediante una ejecución pública o una emboscada secreta.

 

Una forma muy original de sofocar desde el principio la desigualdad social en las primeras sociedades humanas fue la sistemática minusvaloración de los logros personales: un individuo no podía destacar sobre el resto del grupo gracias a unos buenos resultados en la caza, por ejemplo. 


Por medio de esa «ofensa de la carne», las prácticas de comunicación social dejan claro que no se puede tolerar ninguna forma de orgullo desmedido

En algunas culturas, hay tabúes muy eficaces que determinan cómo se reparte una presa: sea cual sea el género, la edad o la posición social de una persona, ciertas partes de un animal solo pueden ser consumidas por unos individuos concretos, de manera que queda garantizado un reparto más o menos justo.

 

Poco a poco fuimos desarrollando una predisposición igualitaria que nos hacía afrontar las desigualdades sociales aunque fuera con escepticismo.

 

La tragedia de los últimos cinco mil años sería el precio que pagaron nuestros antepasados. 


Un rodeo de miles de años por gobiernos déspotas, saqueo y guerra en algún momento propició las condiciones para que surgieran las sociedades modernas. ¿Valió la pena?

 

La desigualdad, la esclavitud, el sometimiento y la miseria que las primeras civilizaciones impusieron a la humanidad eran el caldo de cultivo ideal para las religiones del más allá, que no aceptaban la muerte con resignación, sino que empezaron a verla como la redención de este valle de lágrimas terrenal con el que se nos había castigado a los pobres pecadores. 

 

«No hay ateos en las trincheras» era un aforismo muy extendido entre los soldados estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, y Marx también acertó con su diagnóstico al describir las religiones redentoras como el «suspiro de la criatura acosada» y deducir que tras ellas se escondía una función sobre todo paliativa y de consuelo.

 

El concepto de estratificación social solía aunar la desigualdad y el poder.

 

Ni siquiera las sociedades actuales se acercan a esas formas primitivas de dominio y servidumbre, que obligaban a los sometidos a postrarse ante los reyes sagrados, casi siempre coronados de forma extravagante y sobrecargados de joyas, conchas, huesos o metales nobles.

 

Solo en una sociedad de base jerárquica con una burocracia y un poder de decisión centralizados empieza a poder solucionarse ese problema de organización, y cuesta lo suyo.

 

El método escogido sigue siendo los impuestos. 



 La formación de un Estado solo era factible allí donde se producía un excedente.

 

Las ceremonias en honor de los monarcas; 

los rituales perfeccionados por sacerdotes; 

las labores de contabilidad, revisión, conservación, planificación y registro, que exigían una administración profesionalizada; 

el juicio de delincuentes, que necesitaba de una casta de expertos en leyes.

 

Casi todas las primeras civilizaciones se basan en el cultivo de cereales, además del esclavismo. Hasta que no se instauró un medio de intercambio formal como la moneda, la tributación tuvo que basarse en algún bien que fuera posible almacenar, transportar y, sobre todo, contar.

 

Los cereales, eran fantásticos en todos los sentidos: se pueden almacenar y transportar, son difíciles de esconder y se pueden agrupar o empaquetar en cantidades precisas comparables. 

Por esa razón, los primeros Estados dominaban siempre el cultivo

de cereales.

 

También en el ámbito «político» estaba el mecanismo de explotación.

 

La aparición de la desigualdad extrema en los cacicatos y los primeros imperios, con el tiempo generó una creciente necesidad de legitimización. 


La casta de los religiosos ocupó ese nicho. 

A ellos les correspondía explicar por qué era de justicia que solo unos pocos pudieran decidir quién construye los templos, quién distribuye los campos y quién se sacrifica;

 Y por qué, esos pocos pudieran vivir en la opulencia, mientras que el resto seguía condenado a la servidumbre desde la cuna hasta la tumba.

 

¿Cómo consiguieron los primeros cacicatos y Estados mantener a sus miembros de su parte si la mayoría no parecía beneficiarse? 

Por medio de la fuerza y la violencia. 

 

La gente no renunció a su vida en grupos pequeños de individuos, iguales por voluntad propia, sino que opuso resistencia, ya fuera luchando, huyendo o rechazando el cambio. 

 

Las guerras romano-germánicas de hace unos dos mil años se entienden siguiendo este modelo, así como la mayoría de las coyunturas históricas en las que un imperio en expansión topaba con «bárbaros» díscolos que no querían someterse a los enormes imperios enemigos y su forma de gobierno.

 

Los primeros imperios eliminaron a las sociedades tribales mucho más pequeñas. Subyugaron a sus miembros o ambas cosas a la vez. 

Al final se impuso el modelo de sociedad de las primeras civilizaciones, muy desigual y basado en la opresión.

 

Las ambiciones imperialistas de los autoproclamados reyes sagrados se impusieron al modelo de pequeños grupos dispersos, que era mucho más atractivo para la mayoría.

La caza y la recolección, la agricultura y los combustibles fósiles determinan el grado de desigualdad social y de violencia física.

 

Las primeras civilizaciones fueron víctimas de su propio éxito porque, gracias a una fuerza económica cada vez mayor, empezaron a superar la capacidad de aguante de su entorno sin poder recuperarla a tiempo con tecnologías más avanzadas.

 

Es evidente que esa forma de reconocimiento escultórico se hipertrofió hasta tal punto que la sociedad que la practicaba llegó a desforestar tánto la isla y descuidar tánto la pesca que tuvo que volver a una forma de organización primitiva y hasta verse obligada a practicar el canibalismo.


Los límites de la organización burocrática y del manejo de la información hicieron que la mayoría de los reinos prometedores se acabaran desintegrando.

 

El crecimiento conduce al descenso.

 

El pueblo llano estaba sometido en cuerpo y alma a los miembros de la clase dominante, en particular al rey. 

Se practicaban sacrificios humanos con una indiferencia terrible y se aplicaba la condena a muerte por transgredir las prohibiciones más insignificantes. 


Los cabecillas y la familia real eran los dueños de la tierra. 

Tierra que trabajaban los esclavos, cuya condición de marginados despreciables a menudo quedaba inscrita en su rostro con algún tatuaje.

 

El paso de los pequeños grupos prehistóricos a las grandes civilizaciones pre-modernas fue casi siempre un cambio de las comunidades con una estructura igualitaria, por otras comunidades con desigualdad social y gobiernos despóticos.

 

La extrema desigualdad social en el bienestar, el poder y la posición con la que convivimos en la actualidad es el precio inevitable de la evolución social hacia sociedades complejas.

 

Siempre hemos sido actores políticos que actuábamos de forma consciente y que no se dejaban poner una «camisa de fuerza evolutiva». 

 

Sociedades pequeñas conocieron las jerarquías rígidas y la explotación despótica, existían jefes o cabecillas cuya función se entendería como la de un sirviente; surgieran distintas variantes de socialización en el transcurso de la evolución social.

 

¿por qué nos parece que no existe alternativa a la desigualdad material y la jerarquía política y que no se puede negociar?

 

La historia de la humanidad siempre fue un relato de gran plasticidad política y variabilidad social, en el que nosotros moldeamos en gran medida nuestra propia convivencia.

 

Las primeras grandes sociedades imperialistas empezaron poniendo por escrito las reglas de convivencia.

 

Estos códigos casi siempre se instauraban con la legitimidad divina del

Gobernante 

 

La fe en la autoridad de los dioses moralizantes, que velaban por el cumplimiento de las reglas, desempeñó una función primordial en el origen de las primeras civilizaciones desarrolladas.

 

Las primeras civilizaciones, en cambio, apuntan casi siempre a un cambio de paradigma hacia los llamados grandes dioses:

 

Desembocaron en la idea monoteísta de un dios completamente olvidado por el mundo terrenal; una deidad eterna, todopoderosa y omnisciente que todo lo ve y, por tanto, es capaz de castigar todas las vilezas.

 

Con el aumento del tamaño de los grupos y la extrema desigualdad material, cada vez resulta más difícil instaurar la cooperación social mediante la reciprocidad, los vínculos familiares o, simplemente, las sanciones sociales.

 

ASÍ, el concepto de alma inmortal se convierte en una necesidad.

 

A los malvados les suele ir bastante bien, mientras que muchas personas buenas salen bastante mal paradas.

 

Había que inventarse un concepto que ayudara a satisfacer la idea de justicia en todos los casos, que castigara a los pecadores y equilibrara la relación entre catadura moral y bienestar.


En el momento en que el hombre empezó a establecer una separación categórica entre ese espíritu y su sustrato físico —el cuerpo mortal de un ser humano— para así poder comprender mejor la psique de otras personas, estaba a solo un paso de la idea de que también podían existir seres del todo inmateriales, puramente espirituales. 

 

Luego solo hubo que inflar esa idea fundamental hasta concebir grandes dioses sobrehumanos.

 

¿Fueron las sociedades en crecimiento y en proceso de civilización las que inventaron a los grandes dioses? 

Una cosa queda clara: los grandes dioses exigen colaboración.

 

Tampoco queda del todo claro cuál es el mecanismo exacto que entra en juego: ¿nos motivan los grandes dioses a través del miedo?. 

 

Una de las fases más decisivas de nuestra evolución como seres humanos la pasamos en pequeños grupos equitativos, y eso conformó nuestra psique.

 

Todas las generaciones redescubren el socialismo.

 

Nuestro pasado evolutivo, además de volvernos escépticos ante la dominación y la jerarquía, también nos ha hecho alérgicos a la desigualdad social, sobre todo a la desigualdad económica.

 

Nos cuesta aceptar las desigualdades porque el bienestar de uno siempre parece ser a costa de los demás.

 

Nuestro rechazo a la jerarquía y la dominación se activa gracias a las desigualdades sociales, pero en realidad nuestra indignación no se debe en absoluto a la desigualdad como tal, sino a la injusticia.

 

La idea de que hay un vínculo directo entre justicia e igualdad se llama igualitarismo. 

 

Una de las consecuencias más inoportunas del igualitarismo es que parece otorgar legitimidad moral a acciones que no ayudan a nadie y perjudican a algunos.

 

Una sociedad justa no depende de si una persona tiene más o menos que otra, sino de si tiene lo suficiente.

 

Una sociedad justa procura que todos sus miembros vivan de una forma decente y digna, no importa si algunos llevan una vida más que decente.

 

Todas las desigualdades presentes e históricas son y han sido injustas.

 

La igualdad y la desigualdad no tienen peso moral por sí mismas.

Se necesita una intervención constante para ajustar una y otra vez el statu quo desequilibrado al ideal igualitario que se persigue.

 

El problema de la desigualdad no se soluciona nunca de verdad, sino que va cambiando una forma de desigualdad por otra.

 

¿En qué debería basarse nuestra igualdad fundamental? ¿es la razón? ¿la conciencia?, ¿nuestra capacidad de sufrir?

 


El origen de la desigualdad se puede reconstruir como una evolución en la que las primeras élites se apropiaron de los beneficios adicionales obtenidos gracias al crecimiento de la población y a las innovaciones agrícolas. 

 

La legitimización ideológica de esas jerarquías de clase se logró mediante la distinción de una clase intelectual y religiosa de ideólogos profesionales.

 

En todo el mundo, los señores de la guerra y los bandidos con menos escrúpulos se convirtieron en señores feudales que a partir de entonces se dedicaron sobre todo a consolidar y ampliar sus privilegios.

 

Un valor de 1 significaría que una sola persona dispone de la riqueza de todo un país, mientras que los demás no tienen nada. 

En un valor 0, cada persona posee exactamente la misma riqueza o los mismos ingresos. 

Los países menos igualitarios del mundo, como Sudáfrica, obtienen un coeficiente aproximado de 0,6. 

En el medio se sitúan países como Estados Unidos o Rusia, donde las desigualdades también están muy extendidas. 

En comparación, países más igualitarios como Alemania o los Países Bajos obtienen un 0,3 o algo menos.

 

El reparto de los ingresos y la riqueza, el nivel de formación, aspectos del estilo de vida, la salud mental y física o también el prestigio laboral.

 

En 2020 se resumió el desequilibrio en el bienestar global más o menos así: 

los veintidós hombres más ricos del mundo atesoran más riqueza que todas las mujeres de África juntas (que suman 325 millones).

 

Las desigualdades socioeconómicas son solo una dimensión de la injusticia.

 

Que un reparto desigual de recursos como el poder o la riqueza sea injusto no solo depende de lo pronunciadas que sean las divisiones sociales en una comunidad, sino también de hasta qué punto es factible moverse entre los entornos existentes.

 

¿El poder, la riqueza y la posición social están abiertos a cualquier persona, o se hallan enrocados en una separación de niveles, insuperable?

 

Los progenitores preocupados por su estatus, preparan a los descendientes para su futura función en la clase alta, con una inversión en ocasiones asombrosa en clases de piano, visitas a museos, clases de equitación, de idiomas y la perspectiva de la fortuna familiar.

 

Ni un sistema de educación público con enseñanza general obligatoria, ni un fuerte crecimiento económico, ni la ampliación demográfica del derecho a voto o los derechos civiles, ni la redistribución fiscal han logrado que las sociedades modernas ganen porosidad.


Si las diferencias de clase vienen determinadas por ley, se pueden suprimir oficialmente mediante una modificación de las leyes correspondientes.

 

El artículo 109 de la Constitución de Weimar, estipulaba: «Queda anulado todo privilegio de derecho público o desigualdad de nacimiento o de posición social.

 

 

La fascinante obra de Pierre Bourdieu sobre la «distinción ha demostrado cómo las diferencias sociales se plasman en un habitus individual, a través del cual se manifiesta en ciertas señales externas y rasgos de la conducta, la pertenencia de una persona a un grupo social. 

 

La forma en que una persona maneja los cubiertos, si conoce la música clásica, si ha estado en los museos más oscuros de Londres, cómo habla y con qué acento o dialecto, cómo vive y dónde, cómo se viste y la naturalidad con la que participa durante una cena en conversaciones sobre relojes antiguos.

 


El código de conducta que define el estilo de vida y el modo de actuar de una persona se trabaja y se transmite de forma implícita.

 

Una sociedad que pudiera garantizar una igualdad material total se vería impotente frente a esos mecanismos de transmisión intergeneracional de privilegios sociales.

 

Las élites, siempre ansiosas por distinguirse, al no poder diferenciarse

pecuniariamente de las masas desaseadas, concentrarían toda su energía en perfeccionar los símbolos de estatus más sutiles, como, por ejemplo, el uso de la palabra pecuniario.

 

Además de las diferencias de clase económica, en la mayoría de las sociedades existen otras formas de desigualdad social que hacen que la posición de una persona en las estructuras sociales dependa de su pertenencia a distintos grupos. 

 


El más conocido la desigualdad entre géneros.

 

Desde ese momento, en todas partes gobierna el patriarcado, que ostenta el poder político, económico y cultural. 

Ha instaurado las estructuras sociales que excluyen, discriminan y despojan de sus derechos a las mujeres de forma sistemática y las condenan a una vida dedicada al hogar y la cocina.

 

Ahora existen modelos explicativos mucho más sofisticados que no entienden las desigualdades entre géneros como una subyugación de las mujeres al patriarcado.

 

Las definen como el resultado de un proceso social y evolutivo en cuyo transcurso se han introducido las categorías de género por motivos pragmáticos. Convirtiéndose en la base de la discriminación social.

 

La división del trabajo se convierte en un problema de coordinación complementaria. Casi siempre la elección recae en propiedades de distribución fáciles de reconocer para alguien externo, de forma rápida e inequívoca.

 

En todas las sociedades existen diferencias en el papel y la función social que desempeñan los géneros. 

 

Las diferencias de género funcionales no son «naturales» o innatas, mientras que la decisión de qué género cazaba y cuál criaba a los niños sí tenía una explicación evolutiva. 


La existencia de hombres y mujeres es más bien un hecho biológico que a su vez marca las características que sirvieron de base para asignar las funciones sociales por el bien de la coordinación. 


Mientras esa estructura de tareas no provoque diferencias de poder, posición social o ingresos, poco hay que objetar a tal reparto del trabajo. Prácticamente todas las sociedades tienden por sí solas a una situación de desigualdad social.

 

Cuando se dan mecanismos de coordinación complementaria con esos equilibrios asimétricos, las desigualdades sociales surgen de manera casi espontánea. 

Como la convivencia humana está sometida a las fuerzas de la evolución cultural, una vez instauradas las disparidades sociales se perpetúan y aumentan de forma natural.

 

Así es imposible lograr una sociedad del todo igualitaria.

 

Uno de los mayores inconvenientes de la desigualdad creciente reside en que las estructuras no igualitarias destruyen el capital social de una sociedad.

 

Los síntomas de la pérdida de confianza que genera la desigualdad social abarcan desde la erosión de estructuras básicas de la comunidad hasta una degradación de la salud pública, pasando por un incremento de los trastornos mentales, un aumento de la predisposición a la violencia y de la resignación porque amplias capas de la sociedad deducen, con razón, que no se les han concedido unas posibilidades de éxito justas.

 

Las sociedades modernas deberían ser capaces de tolerar cierto grado de desigualdad, pero solo si las instituciones que lo permiten ofrecen otras ventajas que compensen adecuadamente los costes psicológicos y emocionales que conlleva.

 

La desigualdad se convierte en un problema cuando por su culpa nadie mejora.

 

La adquisición de esos bienes, calculada respecto de la sociedad entera, es un juego de suma cero, porque la ganancia de uno implica necesariamente la pérdida de otro y porque produce ganadores y perdedores complementarios.

 

Adam Smith formuló como criterio imprescindible para lograr una sociedad decente, que todos sus miembros contaran con los recursos para mostrarse en público «sin vergüenza.

 

Una de las virtudes particulares de las sociedades descentralizadas consiste en que, dadas las condiciones del pluralismo moderno con su diversidad de valores, son capaces de crear una cantidad en principio ilimitada de jerarquías de clase, que funcionan con su propia escala de prestigio y de éxito.

 

Mientras no haga falta ser multimillonario para obtener reconocimiento social y uno pueda distinguirse por ser un criador de palomas competente, un remero superior o un cantante de coro con gran talento, hay suficientes categorías para todos.

 

Existen infinidad de ejemplos de aspiraciones de igualdad que funcionaron de maravilla y a las que ya resulta inconcebible renunciar: se ha producido la abolición de los privilegios sociales oficiales de la aristocracia. La transformación meritocrática de las sociedades modernas tiene sus propios costes sociales.

 

Una sociedad que vincula el amor propio al éxito, y este al rendimiento, provoca competiciones toxicas. 

 

Las desigualdades sociales se pueden corregir si todo el mundo puede acceder a las posiciones sociales por principio y estas responden al desempeño personal.

 

«Las aristocracias son injustas porque confinan a las personas en la clase en la que nacen. No les permiten ascender.»

 

Entonces, ¿en qué consiste la tiranía de la meritocracia? ¿Cuál sería la alternativa exactamente?

 

¿Cómo es una sociedad que reconoce la dignidad del individuo?


 ¿Cómo conseguimos conciliar la libertad del individuo con el deseo de felicidad terrenal? ¿Y qué significa vivir entre iguales? 


Esas preguntas son los fantasmas que acechan al mundo desde hace quinientos años. 


viernes, 17 de marzo de 2023

MARXISMO Y PSICOANALISIS - E. FROMM

 

I.              MARXISMO Y PSICOANALISIS

 

El marxismo es un humanismo y su objetivo consiste en procurar el pleno desarrollo de las potencialidades del hombre.

En lo referente al hombre, la gran obra de Marx consistió en liberar las categorías económicas y filosóficas, de sus expresiones abstractas y alienadas, y en aplicar la filosofía y la economía ad hominem.

 

Si no se entiende esta preocupación de Marx, nunca se comprenderá ni su teoría ni la falsificación a la que ésta fue sometida por muchos de los que dicen practicarla.

 

La obra de Marx, está poblada de conceptos psicológicos. Sin embargo, no contiene prácticamente teorías psicológicas, exceptuando algunas observaciones fragmentarias tales como distinción entre impulsos fijos (como hambre y sexualidad) e impulsos flexibles de origen social

Los volúmenes que contienen la correspondencia no abreviada entre Marx y Engels revelan una capacidad para indagar profundamente las motivaciones inconscientes que honraría a cualquier eminente psicoanalista.

Marx murió en 1883; Freud empezó a publicar sus trabajos más de diez años después de la muerte de Marx.

 

La psicología apta para servir al pensamiento marxista debe ser aquella capaz de entender la evolución de estas fuerzas psíquicas como un proceso de interacción constante entre las necesidades del hombre y la realidad social e histórica en la cual éste participa. Debe ser, desde sus mismos comienzos, una psicología social. Y debe ser una psicología crítica, sobre todo crítica de la conciencia del hombre.

 

La teoría marxista necesita de una teoría psicológica, debe encarar los problemas de la identidad del hombre y del significado y el objetivo

de su vida.

El empleo de una psicología dinámica, crítica, socialmente orientada, tiene una importancia crucial para el mayor desarrollo de la teoría marxista y de la práctica socialista; Una teoría que tiene por centro al hombre no puede continuar prescindiendo de la psicología si no quiere perder contacto con la realidad humana.

 

El primer problema del que se deberá ocupar el psicoanálisis es el del “carácter social, matriz común a un grupo (nación o clase, por ejemplo) que determina efectivamente los actos e ideas de sus miembros.

Implica una elaboración especial del concepto freudiano de carácter, la manifestación relativamente estable de diversos géneros y tendencias de la libido, la energía psíquica orientada hacia determinados objetivos y emanada de determinadas fuentes. 

Explica el comportamiento como la expresión de nítidas tendencias pasionales. Dentro del cual, el comportamiento de los padres es el principal responsable del desarrollo de la libido.

El concepto de carácter social se refiere a la matriz de la estructura caracterológica común a un grupo. La formación del carácter social depende de la práctica de la vida tal como es constituida por la forma de producción y por la estratificación social resultante. 

El “carácter social” es aquella estructura particular de energía psíquica que una sociedad dada plasma con el propósito de que resulte útil para el funcionamiento de esa misma sociedad.

 

La persona debe querer hacer aquello que debe hacer para desempeñarse en una forma que permita que la sociedad utilice sus energías para sus propios fines.

Así pues, el capitalismo sólo funciona con hombres ávidos por trabajar, disciplinados y puntuales, cuyo mayor interés consiste en el lucro monetario, y cuyo principio fundamental en la vida consiste en el beneficio económico que deriva de la producción y el intercambio

 

El carácter social representa la forma en que se moldea la energía humana para aprovecharla como fuerza productiva en el proceso social.

El carácter social es reforzado por todos los medios influyentes de la sociedad: su sistema educativo, su religión, su literatura, sus canciones, sus chistes, sus hábitos y, por encima de todo, sus métodos familiares para criar a los niños.

Gran parte de la estructura de carácter de los individuos se forma en los cinco o seis primeros años de vida. Los padres son primordialmente los agentes de la sociedad tanto por su propio carácter como por sus métodos educativos.

 

La teoría de la libido está arraigada en el concepto mecanicista del

hombre como máquina, donde la libido (además del instinto de conservación) actúa como fuente de energía, gobernada por el “principio del placer”, y la reducción de la tensión incrementada de la libido a su nivel normal. 

 

Chocando con este concepto, Fromm intento demostrar 

 que las diversas tendencias del hombre, que es primordialmente un ser social, se desarrollan como consecuencia de su necesidad de “asimilar” (cosas) y de “socializar” (con gente), y que

las formas de asimilación y socialización que constituyen sus pasiones principales dependen de la estructura social en la cual él vive. En este concepto se interpreta al hombre como un ser caracterizado por sus tendencias pasionales hacia los objetos -hombres y naturaleza- y por su necesidad de relacionarse con el mundo.

 

El concepto de carácter social ofrece respuesta a importantes problemas que la teoría marxista no analizó a fondo.

 

1)    ¿Cuál es la causa por la cual una sociedad logra asegurarse la lealtad de la mayoría de sus miembros, aunque éstos sufran bajo el sistema y aunque su razón les diga que la lealtad a ella los perjudica? ¿Por qué su interés real como seres humanos no triunfó sobre sus intereses ficticios engendrados por todo tipo de influencias y lavados de cerebro ideológicos? ¿Por qué la conciencia de su situación de clase y de las ventajas del socialismo no fue tan eficaz como lo supuso Marx? Cuando una sociedad ha logrado moldear la estructura de carácter del hombre común de modo tal que le guste hacer lo que debe hacer, éste se siente satisfecho con las condiciones que le impone la sociedad.  “Puede hacer todo lo que quiere porque sólo quiere lo que puede hacer”. Un carácter social que, por ejemplo, está satisfecho con la sumisión, es un carácter mutilado.

 

2)    El concepto de carácter social también sirve para explicar el nexo entre la base material de una sociedad y la “superestructura ideológica”. La sociedad produce el carácter social, y el carácter social tiende a producir ideas e ideologías que se adaptan a él, que lo nutren, y a aferrarse a ellasNo es sólo la base económica la que crea un determinado carácter social que, a su vez, crea ciertas ideas. Las ideas, una vez creadas, también influyen sobre el carácter social, e indirectamente, sobre la estructura socioeconómica. El carácter social es el intermediario entre la estructura socioeconómica, las ideas y los ideales que prevalecen en una sociedad.  Es el intermediario en ambas direcciones: desde la base económica hacia las ideas y desde las ideas hacia la base económica.

 

3)    El concepto de carácter social puede explicar cómo una sociedad utiliza la energía humana, lo mismo que cualquier otra materia prima, para sus necesidades y sus fines. El hombre es una de las fuerzas naturales más maleables; se lo puede utilizar prácticamente para cualquier fin; hacer odiar o cooperar, someterse o erguirse, disfrutar con el sufrimiento o con la felicidad.

 

4)    También es cierto que el hombre sólo puede resolver el problema de su existencia con el pleno despliegue de sus poderes humanos. Cuanto más mutila una sociedad al hombre, más se deteriora éste, aunque conscientemente se muestre satisfecho con su suerte. Pero inconscientemente está disconforme, y esta misma disconformidad es el elemento que lo impulsa eventualmente a cambiar las formas sociales que lo mutilan.  El cambio y la revolución sociales emanan también del choque entre las condiciones sociales inhumanas y las inalterables necesidades del hombre.  Se puede hacer casi cualquier cosa a un hombre, pero sólo casi. La historia de la lucha del hombre por la libertad es la expresión más reveladora de este principio.

 

5)    El concepto de carácter social no es sólo un elemento teóricoCada carácter es una estructura cargada de energía, que se resistirá con la violencia o el obstruccionismo silencioso,

si se intenta cambiarla. Este síndrome debe su existencia a la norma común de producción que ha caracterizado la vida pobre durante miles de años. Lo mismo se aplica a una clase media baja en decadencia, ya se trate de aquella que llevó a Hitler al poder, o de los blancos pobres del Sur de los Estados Unidos.  La falta de toda forma de estímulo cultural positivo; el resentimiento contra su situación particular, que es la de los postergados por los movimientos evolutivos de su sociedad; el odio contra aquellos que destruyeron las imágenes que en otra época los llenaron de orgullo, crearon un síndrome del carácter que está integrado por el amor a la muerte (necrofilia), la intensa y maligna fijación en la sangre / la consanguineidad, el apego a los familiares de sangre / y el suelo, / la tierra donde se nació de donde deriva el regionalismo, patriotismo y racismo / y un violento narcisismo de grupo (que se expresa en un nacionalismo y un racismo vigorosos). La estructura de carácter del obrero industrial comprende puntualidad, disciplina, capacidad para el trabajo en equipo; éste es el síndrome que constituye la condición mínima para el eficaz desempeño de un obrero industrial.  Se omiten otras diferencias como: dependencia-independencia; interés-indiferencia; actividad-pasividad; si bien las mismas tienen capital importancia para la estructura de carácter del trabajador, tanto actual como futuro. 

6)    La aplicación más importante del concepto de carácter social consiste en distinguir el carácter social futuro de una sociedad socialista, tal como la imaginó Marx, de aquel otro carácter social del capitalismo del siglo XIX, con su deseo primordial de poseer propiedad y riqueza, y del carácter social del siglo XX (capitalista o comunista), que se impone cada vez más en las sociedades muy industrializadas: el carácter del homo consumens. El homo consumens es el hombre cuyo objetivo fundamental no es principalmente poseer cosas, sino consumir cada vez más, compensando así su vacuidad, pasividad, soledad y ansiedad interiores.  El individuo, que no tiene control sobre las circunstancias de su trabajo, / ni de su vida o que se siente desrealizado / se siente impotente, solo, aburrido y angustiado. Al mismo tiempo, la necesidad de lucro de las grandes industrias de consumo recurre a la publicidad y lo transforma en un hombre voraz, un lactante a perpetuidad que desea consumir más y más, y para el que todo se convierte en artículos de consumo: los cigarrillos, las bebidas, el sexo, el cine, la televisión, los viajes, e incluso la educación, los libros y las conferencias. Se crean nuevas necesidades artificiales y se manipulan los gustos del hombre. (El carácter del homo consumens en sus formas más extremas constituye un conocidísimo fenómeno psicopatológico.  Se encuentra en muchos casos en personas deprimidas o angustiadas que se refugian en la sobrealimentación, las compras exageradas o el alcoholismo para compensar la depresión y la angustia ocultasLa avidez de consumir (una forma extrema de lo que Freud llamó el “carácter oral-receptivo’”, se está convirtiendo en la fuerza psíquica predominante de la sociedad industrial contemporánea. El homo consumens se sumerge en la ilusión de felicidad consumiendo, en tanto que sufre inconscientemente los efectos de su hastío y su pasividad. Cuanto mayor es su poder sobre las máquinas, mayor es su impotencia como ser humano; cuanto más consume más se esclaviza a las crecientes necesidades que el sistema industrial crea y maneja. Confunde emoción y excitación con alegría y felicidad, comodidad material con vitalidad; el apetito satisfecho se convierte en el sentido de la vida, la búsqueda de esa satisfacción, en una nueva religión.  La libertad para consumir se transforma en la esencia de la libertad humana.

 

Este espíritu de consumo es precisamente lo contrario del espíritu de una sociedad socialista tal como lo imaginó Marx. El percibió claramente el peligro inherente al capitalismo. Su meta era una sociedad en la cual el hombre sea mucho, no en la cual tenga o use mucho. Quería liberar al hombre de las cadenas de su apetito material para que pudiera estar totalmente despierto, vivo y sensible, y para, que no fuese el esclavo de su codicia. La producción de demasiadas cosas útiles —escribió— deriva en la creación de demasiadas personas inútiles.

 Deseaba abolir la pobreza extrema, porque ésta impide que el hombre alcance su plena dimensión humana; también quería evitar la riqueza extrema, en cuyo ámbito el individuo se convierte en prisionero de su avidez.

Su objetivo era óptimo: la satisfacción de aquellas necesidades humanas genuinas que sirven de medios para una vida más plena y más rica. Una de las ironías de la historia consiste en que el espíritu del capitalismo, la satisfacción del apetito material, esté conquistando a los países comunistas y socialistas que, gracias a su economía planificada, podrían contenerlo. Este proceso tiene su propia lógica: la riqueza material del capitalismo impresionó inmensa-mente a aquellos países más pobres de Europa donde había triunfado el comunismo, y la victoria del socialismo se identificó con la competencia exitosa del capitalismo, dentro del espíritu de éste. El socialismo corre el peligro de degenerar en un sistema capaz de lograr que los países más pobres se industrialicen más rápidamente que el capitalismo, omitiendo convertirse en una sociedad en la cual la meta principal sea el desarrollo del hombre y no de la producción económica. El desarrollo de esta última ha sido alentado por el hecho de que el comunismo soviético, al aceptar una versión grosera del “materialismo” de Marx, perdió contacto, lo mismo que los países capitalistas, con la tradición espiritual humanista que tuvo en Marx a uno de sus más destacados representantes.  Es cierto que los países socialistas no han resuelto el problema de satisfacer las necesidades materiales legítimas de sus poblaciones (e incluso en los Estados Unidos el 40 por ciento de la población no es “opulenta”). Pero tiene extraordinaria importancia que los economistas, filósofos y psicólogos sociales tengan conciencia del peligro implícito en el hecho de que la meta del consumo óptimo pueda transformarse fácilmente en la del consumo máximo. La misión de los teóricos socialistas consiste en estudiar la naturaleza de las necesidades humanas genuinas, cuya satisfacción puede aumentar la vitalidad y la sensibilidad del hombre, y las necesidades sintéticas creadas por el capitalismo, que tienden a debilitar al hombre, a hacerlo más pasivo y aburrido, a convertirlo en esclavo de su apetito por las cosas. Lo que subrayo aquí no es que se deba restringir la producción como tal, sino que una vez que se hayan satisfecho las necesidades óptimas del consumo individual, se la debe canalizar hacia la multiplicación de los medios de consumo social tales como escuelas, bibliotecas, teatros, parques, hospitales, transportes públicos, etc.  El consumo individual siempre creciente de los países altamente industrializados sugiere que la competencia, la codicia y la envidia son engendradas no sólo por la propiedad privada, sino también por el consumo privado irrestricto.  Los teóricos socialistas no deben olvidar que el objetivo de un socialismo humanista consiste en edificar una sociedad industrial cuya forma de producción sirva al pleno desarrollo del hombre total, y no a la creación del homo consumens; que la sociedad socialista es una sociedad industrial apta para la vida y el desarrollo de seres humanos.

7)    Existen métodos empíricos que permiten estudiar el carácter social. Descubrir: la frecuencia de los diversos síndromes de carácter -la intensidad de los diversos factores dentro del síndrome, los factores nuevos o contradictorios que han sido engendrados por condiciones socioeconómicas diferentes - permiten indagar el vigor de la estructura de carácter existente. Si sólo conozco las “opiniones” políticas de las personas tal como han sido determinadas por las encuestas, sé también cómo es probable que actúen en el futuro inmediato. Si deseo conocer el vigor de fuerzas (que quizás en ese momento todavía no se manifiestan conscientemente) tales como, por ejemplo, el racismo, el belicismo o el pacifismo, dichos estudios de carácter me revelan el vigor y la orientación de las fuerzas subyacentes que operan en el proceso social y que quizás se manifiesten sólo después de algún tiempo. Un rasgo común a todos ellos, consiste en que evitan el error de confundir las ideologías (racionalizaciones) con expresiones de la realidad interior, generalmente inconsciente. Utilizando un test proyectivo ampliado se puede obtener una imagen verosímil de la estructura de carácter de una persona. Otros tests proyectivos, el análisis de los chistes, las canciones y los cuentos favoritos, y del comportamiento observable (especialmente de los “pequeños actos” tan importantes para el examen psicoanalítico) ayudan a obtener resultados correctos. Desde el punto de vista metodológico, todos estos estudios ponen especial énfasis en la forma de producción y en la estratificación de clases resultante, en los rasgos de carácter y en los síndromes más significativos que ellos engendran, y en la relación entre estas dos series de datos. Así, recurriendo al método de muestreos estratificados, es posible estudiar a naciones Integras o a grandes clases sociales incluyendo a menos de mil personas en la investigación. El estudioso de la psicología social marxista dedicará la mayor atención al “inconsciente socia1.”  Este concepto se refiere a aquella represión de la realidad interior que es común a grandes grupos. Toda sociedad debe hacer los mayores esfuerzos para evitar que sus miembros (o los de una clase particular) tomen conocimiento de impulsos que, si fueran conscientes, podrían desembocar en ideas o actos socialmente “peligrosos”. La censura eficaz no es aquella que se manifiesta a nivel de la palabra impresa o hablada, sino aquella que incluso impide que los pensamientos se vuelvan conscientes, reprimiendo la sensibilidad peligrosa. Naturalmente, el contenido del inconsciente social depende de las muchas formas de estructura social, y puede implicar agresividad, rebeldía, subordinación, soledad, infelicidad, hastío, etc., para mencionar sólo unos pocos ejemplos. Es necesario reprimir constantemente y suplantar el impulso contenido recurriendo a ideologías que lo niegan o afirman su contrario. Al hombre aburrido, angustiado, infeliz de la sociedad industrial contemporánea se le enseña a pensar que es feliz y que rebosa de alegría. En otras sociedades, al hombre despojado de libertad de pensamiento y de expresión se le enseña a pensar que ha alcanzado prácticamente la forma más completa, aunque en ese momento sólo sus dirigentes hablen en nombre de dicha libertad. En algunos sistemas se reprime el amor a la vida, y se cultiva en cambio el amor a la propiedad; en otros, se reprime la conciencia de la alienación. Otra forma de expresar el fenómeno del inconsciente consiste en referirse a él en los términos empleados por Hegel y Marx, o sea, como la totalidad de las fuerzas que operan a espaldas del hombre mientras éste tiene la ilusión de gozar de su libre albedrío, o, tal como lo expresó Adam Smith: “una mano invisible guía al hombre económico para promover un fin que no forma parte de su intención”. En tanto que Smith creía que esta mano invisible era benévola, Marx (y también Freud) la consideraron peligrosa; era necesario desenmascararla para despojarla de su eficacia. La conciencia es un fenómeno social; para Marx consiste sobre todo en falsa conciencia, la obra de las fuerzas de la represión. El inconsciente, lo mismo que la conciencia, es también un fenómeno social, determinado por el “filtro social” que no permite que la mayoría de las experiencias humanas auténticas ascienda del inconsciente a la conciencia. Este filtro social consiste primordialmente en a) el lenguaje, b) la lógica, y e) los tabúes sociales; está cubierto por las ideologías (racionalizaciones) que se experimentan subjetivamente como ciertas, cuando en realidad no son más que ficciones socialmente producidas y compartidas. Esta interpretación de la conciencia y la represión puede demostrar empíricamente la validez de la afirmación de Marx acerca de que “la existencia social determina la conciencia”. Por obra de estas consideraciones, surge otra diferencia entre el psicoanálisis freudiano dogmático y el de orientación marxista. Freud creía que la causa de represión efectiva (el contenido más importante a reprimir son los deseos incestuosos) es el miedo a la castración. Yo opino, por el contrario, que tanto individual como socialmente, lo que más teme el hombre es el aislamiento absoluto respecto de sus semejantes, el ostracismo total. Incluso el miedo a la muerte es más fácil de soportar. La sociedad impone sus exigencias de represión amenazando con el ostracismo. Quien no niega la presencia de determinadas experiencias está desubicado, no tiene cabida en ningún lugar, corre peligro de volverse loco. (La locura es, en verdad, la enfermedad caracterizada por la ausencia total de vinculación con el mundo exterior). Los marxistas supusieron casi siempre que aquello que obra a espaldas del hombre y lo dirige son las fuerzas económicas y sus expresiones políticas. El estudio psicoanalítico demuestra que éste es un concepto demasiado estrecho. La sociedad está compuesta por hombres, y cada hombre está dotado de un potencial de tendencias pasionales, que van desde las más arcaicas hasta las más progresistas. La suma de este potencial humano está moldeada por el conjunto de fuerzas económicas y sociales características de cada sociedad dada. Estas fuerzas del conjunto social producen un determinado inconsciente especial y ciertos conflictos entre los factores represivos y las necesidades humanas dadas que son esenciales para el normal desempeño humano (por ejemplo, un cierto grado de libertad, estímulo, interés en la vida, felicidad).  En verdad, tal como dije antes, las revoluciones se materializan como expresión, no sólo de las nuevas fuerzas productivas, sino también de la parte reprimida de la naturaleza humana, y sólo triunfan cuando se combinan las dos condiciones.  La represión, ya esté condicionada individual o socialmente, deforma al hombre, lo fragmenta, lo priva de su humanidad total. La conciencia representa al “hombre social” determinado por una sociedad dada; el inconsciente representa al hombre universal que hay en nosotros, al bien y al mal, al hombre total que justifica la frase de Terencio: “Creo que nada humano me es ajeno.” (Casualmente, éste era el lema favorito de Marx.) La psicología profunda también puede hacer un aporte a un problema que desempeña un papel capital en la teoría de Marx, aunque éste nunca llegara a una solución satisfactoria: el problema de la esencia y la naturaleza del hombre. Una respuesta asentada sobre el análisis psicológico reside en la hipótesis de que no existe una “esencia del hombre” en el sentido de una sustancia que permanece inmutable en el curso de toda la historia. La esencia del hombre reside en la misma contradicciónentre la circunstancia de que se halla en la naturalezaantojado al mundo independientemente de su voluntad, y arrebatado contra su voluntad, en un lugar y un momento accidentales, y la circunstancia de que trasciende la naturaleza por obra de su falta de facultades instintivas y por su conciencia de sí mismo, de otros, y del pasado y el presente. Existe una cantidad de respuestas calculables pero limitadas al problema de la búsqueda de la unidad. El hombre puede hallar la unidad tratando de regresar a la etapa animal, eliminando aquello que es específicamente humana (la razón y el amor), siendo esclavo o esclavizador, transformándose en cosa de lo contrario desarrollando sus poderes humanos específicos hasta encontrar una nueva unidad con sus semejantes y con la naturaleza.  Libre para convertir el desarrollo de todas sus posibilidades en la verdadera meta de su vida—, en un hombre que deba su existencia a su propio esfuerzo. Las posibilidades diferentes y contradictorias del hombre —constituye su esencia.  La libertad no implica “actuar con la conciencia de las necesidades”, sino que se asienta sobre la conciencia de las verdaderas posibilidades y de sus consecuencias, en contraste con la creencia en posibilidades ficticias e irreales que son narcóticas y destruyen la posibilidad de libertad. Respecto al fenómeno de la alienación: no se puede hablar responsablemente de alienación si no se la ha experimentado en uno mismo y en otros. Además, para alcanzar a entender plenamente el fenómeno de la alienación y para poder estudiar el grado de alienación en diversas clases sociales y las condiciones sociales que tienden a incrementarla o reducirla hay que examinar su relación con el narcisismo, la depresión, el fanatismo y la idolatría.

 

Este ensayo implica una invitación a incorporar al pensamiento marxista, como punto de mira significativo, un psicoanálisis, dialéctica y humanística-mente orientado. Creo que el marxismo

necesita de esta teoría psicológica y que el psicoanálisis necesita adoptar la auténtica teoría marxista. Esta síntesis fecundará ambos campos,