domingo, 16 de junio de 2019

Cagar




Cagar, o "el regato de las escuelas"




En el pueblo no había váteres para hacer esas necesidades tan íntimas que nadie puede hacer por ti, y como es lógico, no se pueden hacer públicamente.

La gente que tenía cuadras –¿cuadras?, si, quizá muchos de vosotros, gente del siglo 21 no sepáis qué son o que eran las cuadras. 

Bien, pues eran los aposentos donde descansaban y comían los animales dedicados a las labores agrícolas: vacas o mulas, algún burro o caballo, como mi padre tenía.

Pues eso, la gente que tenía cuadras iba ahí a satisfacer sus necesidades. Aquellos otros que no tenían cuadra, tan pobres que nada tenían, u otros menos pobres que por otras circunstancias tampoco tenían dentro de su casa ese lugar destinado a los animales, ahora que me doy cuenta, algún sitio tendrían dentro de la casa para hacerlo, si no…, no me imagino cómo lo harían.

Bueno, iba a decir que los que no tenían cuadra, iban al regato a hacer estas necesidades, las más “suaves y ligeras” como mear no, porque se podía hacer contra una pared mismamente, pero las más fuertes como cagar, sí.

En el pueblo siempre normalmente se denominaba así. Los más relamidos y las beatas no lo llamaban así. Decían “hacer de vientre”. Tampoco si se estaba ante alguien de un calado superior o al que se debía algún respeto, como el maestro o el médico pongo por caso.

Como iba diciendo, para hacer de vientre o mejor dicho cagar, los que no tenían cuadra iban al regato. 

Los alrededores del pueblo estaban llenos de regatos. -Eran los wateres públicos- Así que cada uno iba a cagar al regato más cercano de su casa, donde se podía encontrar al vecino haciendo lo mismo, y una vez saludados cada uno se concentraba en lo suyo.

Pero me acabo de dar cuenta que tampoco algunos sepan lo que es un regato. 

La vida ha dado tantos cambios que hemos perdido el conocimiento de muchas cosas que en el pueblo o entonces habíamos nacido con ellas.

El regato es como un río en chico, en pequeño. 
Cuando llueve, el agua va corriendo por el terreno de forma natural, adaptándose a las variedades de este, siempre deslizándose hacia lo más hondo y cuesta abajo. 
Con el paso del tiempo se va formando un cauce. En los veranos cuando no llueve el cauce está seco, pero en cuanto vuelve a llover con ganas, los regatos vuelven a llenarse y transportar el agua hasta otro regato más grande donde va a dar, y este a su vez a otro más grande, así hasta que el regato llega al río más próximo.

El regato más cercano a mi casa era el “regato de las escuelas” llamado así porque estaba situado en la parte detrás de las escuelas. Bueno, justo detrás de las escuelas no, allí había un campo de tierra donde jugábamos en los recreos o cuando salíamos, a partir de las cinco de la tarde. 

Ese campo de juegos estaba delimitado por el regato. Al otro lado estaban ya las eras donde se trillaba en verano.

El regato de las escuelas era muy largo y hondo llegando en algunos tramos hasta un metro de profundidad. El regato estaba rodeado, todos normalmente más o menos, de cardos y zarzas. Estos vegetales, se ve que se alimentan de los detritus de la gente. Y además de cardos y zarzas, había también ortigas, que si te rozaban se te ponía la piel en carne viva, que escocían que no veas.

Las zarzas te podían picar, pero nunca se te erizaba la piel como con las ortigas. Así que ir a cagar, podía ser toda una aventura porque tenías que ir con sumo cuidado para que no te picaran las zarzas ni las ortigas.

Sin embargo, lo más duro no era eso. El regato de las escuelas estaba tan lleno de cagaos que era muy difícil encontrar un sitio donde poder pisar sin mancharte. Y encima estaban los olores, era un campo de olores y no precisamente de tomillo. Se decía: qué comerá esta gente para que huela de esta manera. Claro, uno no se olía lo suyo, para él no olía, pero para los demás…, jolín. 

Así que cada uno se tiraba un rato caminando entre cagaos hasta encontrar un cacho donde podía agacharse sin pisar ninguna mierda. 
Imagínate que el sujeto tuviera prisa, que los retortijones de barriga le acuciaran y no le diera tiempo ni a bajarse los pantalones. Y luego, esa era otra, estaba cagando, sujetándose con una mano el pantalón, con la otra tapándose la nariz, y con la cabeza mirando a las nubes para evitar mirar el suelo y contemplar los montículos de mierda que habían ido dejando alrededor los demás, como su firma. Por otro lado, había que silbar para avisar a otro que venía a lo mismo, que aquel sitio estaba ya ocupado.

Los muchachos no teníamos este problema, podíamos cagar varios juntos formando una hilera, apretando y contando chistes o hablando de otra cosa, riéndose a carcajada limpia.

¿Y cómo nos limpiábamos? Papel no había, así que nos limpiábamos con un canto. Mirábamos alrededor a ver si había alguno limpio o ya le llevábamos preparado.

El regato de las escuelas era muy famoso en eso, además de todos los muchachos estaban todos los vecinos de alrededor que iban a visitarlo a menudo para hacer sus necesidades.

Uno de los vecinos que me encontraba muchas veces yendo al regato era Abilio el de tío Medes.

Tio Medes era el zapatero que vivía en la calleja próxima a la escuela. Yo vivía entre la casa de mi abuela y la de mis padres. Para ir de una casa a la otra, cosa que hacía varias veces al día, pasaba junto a la escuela y un poco más arriba, por la calleja de tío Medes. 

Por eso me encontraba a Abilio muchas veces. Los vecinos de mi abuela eran también mis vecinos porque yo nací en casa de mi abuela y hasta los dos años viví allí.

Los zapateros, en el pueblo al menos, pero también en la ciudad, eran normalmente cojos o que tenían alguna otra discapacidad, y quizá por la cojera, para que estuvieran sentados todo el día aprendían el oficio de zapatero.

Yo mismo, tenía un tío cojo, que era zapatero, mi tío Luterio hermano de mi padre, el cojo tío Tarraque, como le llamaban en el pueblo, porque a mi abuelo Faustino, en el pueblo le llamaban tío Tarraque. No sé porque ni de donde le venía ese mote, quizá por la mala leche que tenía mi abuelo.

Eso de los apodos es otra historia que algún día debería de contar. Porque en el pueblo todos tenían apodos, incluso el nombre verdadero no se les conocía. Pero es que los apodos vienen de muy lejos. Por ejemplo, los romanos utilizaban los apodos: El famoso escritor Cicerón se llamaba así por un grano o berruga del tamaño de un garbanzo que tenía en la nariz. Cicerón en latín significa garbanzo.

En el pueblo, recuerdo, aunque la memoria aquí me falla, que había lo menos 4 zapateros, tres de ellos eran cojos y el otro sordo mudo, conocido por el mote a secas de “El Mudo”.

Yo siempre iba a arreglar las sandalias a tío Medes,  decían que era el que mejor las arreglaba y además era vecino de mi abuela que era casi más que ser de la familia.

Tio Medes –hasta ya muy mayor no supe que Medes venía de Nicomedes-, tenía 2 hijos trabajando con él Abilio y Rosindo, aunque el nombre auténtico es Rosendo, allí le llamaban de esa otra manera.

Nombres raros todos y poéticos me parecen, no como ahora que todos los nombres son vulgares. Tenía también una hija –Mari- y la mujer que se llamaba tía Paula.

Pero, me he ido de la cuestión que estaba contando, decía que, a Abilio, cuando iba a casa de mi abuela me lo encontraba que iba al regato, y me decía ¡qué hay Quinito!,  vamos a tirar de correa.

Era otra forma de decir que iba a cagar, sin decir que iba a hacer de vientre. Lo mismo que para ir a mear decían: vamos a quitar el agua a las aceitunas. Y yo no entendía nada, creía de verdad, que tenían un cántaro lleno de agua con aceitunas y se la iban a quitar.

Pero el misterio para mí era: ¿cómo cagaba tío Medes?  Él era cojo, caminaba muy mal arrastrando los pies torcidos, nunca le vi ir al regato de las escuelas como a los hijos, ¿entonces?  

Su casa era muy chica. A la entrada había un patio pequeño, enfrente estaba la cocina también pequeña. A la derecha una escalera estrecha de madera nos conducía al cuarto donde se arreglaban los zapatos. Allí estaba calentito, era un cuarto muy pequeño, sentados los 3 casi en corro, con el brasero en invierno daba gusto.

Mi primo Jose y yo íbamos a menudo porque se estaba caliente y porque tío Medes y los hijos eran muy chistosos. Lo pasábamos muy bien con ellos. Mi primo Jose me agarraba y decía: vente a ver a tío Medes. Y allí íbamos, a reírnos y a estar calientes.

Pero mi intriga era: cómo y dónde cagaba tío Medes. Nunca se me ocurrió preguntarlo, ni a mi primo Jose ni a nadie, me daba vergüenza.

Pero me daba vueltas en la cabeza. ¿Y las mujeres dónde cagaban también? No solo tía Paula, la mujer de tío Medes y su hija, sino, todas las mujeres del pueblo.

Otro gran misterio que tenían oculto. Ellas no iban al regato. En mi familia no las vi nunca entrar en la cuadra. Era como si ellas no lo hicieran, como si en ellas no existiera esa necesidad. Lo tenían bien escondido.

Y ahora me preocupa otra cosa. Dónde y cómo cagaban los viejos. Ellos, lo más probables es que no pudieran ponerse en cuclillas, las rodillas ya, artríticas y artrósicas se lo impedirían. 

¿Lo hacían de pie? ¿Se abrían de piernas para no mancharse agarrados a algún poste? ¡Porca miseria!

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