PSICOLOGIA
DE LAS MASAS -FREUD-
(Síntesis realizada por Joaquín Benito Vallejo)
Ciertas
ideas y comportamientos no surgen ni se
transforman en actos más que en los individuos constituidos como multitud o masa.
La
masa es una entidad compuesta de elementos distintos, heterogéneos, que al convertirse en masa genera caracteres y comportamientos diferentes a lo que cada individuo en particular posee.
Pero, si los
individuos que forman una multitud se hallan fundidos en una unidad, existe
algo que les enlaza y une, y les caracteriza como masa.
El
INDIVIDUO integrado en una multitud difiere del individuo aislado y se comporta de modo distinto.
La
superestructura psíquica diversamente desarrollada en cada individuo, queda
destruida apareciendo desnuda la uniformidad básica inconsciente común a todos ellos.
De esta manera, se
formaría un carácter propio de los individuos constituidos en multitud o masa. Pero en
la masa, tales individuos muestran nuevas cualidades de las que carecían antes
como individuos aislados.
Su explicación está en 3 factores diferentes.
1º- El individuo construido en masa, adquiere un sentimiento de
potencia invencible por el que puede ceder a instintos que de modo aislado
frenaría. Y se abandonará a tales instintos por estar y pertenecer a la
multitud anónima e irresponsable, desapareciendo el sentimiento propio de
responsabilidad individual.
El
individuo, al entrar a formar parte de la
masa, se sitúa en condiciones que le permiten suprimir las represiones inconscientes
individuales.
Los
caracteres aparentemente nuevos, al entrar en la masa, son exteriorizados desde el inconsciente
individual, donde se halla contenido en germen todo lo malo del
alma humana.
La
desaparición de la consciencia y del sentimiento de responsabilidad yace en lo
que denominamos conciencia moral que
es la angustia social.
2º- El
contagio mental interviene para determinar la manifestación de caracteres
especiales y su orientación.
El contagio es similar a fenómenos de orden
hipnótico.
En la
masa todo sentimiento y todo acto es contagioso.
El
individuo se ve arrastrado al interés colectivo, contrario a su naturaleza
individual.
3º- Determina a los individuos dentro de una
masa, con caracteres especiales opuestos
al individuo aislado, la sugestión es efecto del contagio.
Por la
fisiología se sabe que un individuo puede ser transferido a un estado, perdiendo
se personalidad consciente, obedece a las sugestiones del operador que se la ha
hecho perder, cometiendo así los actos más contrarios a su carácter y costumbre.
El individuo sumido durante un tiempo en una
masa, cae pronto en un estado semejante a la fascinación del hipnotizado entre
las manos del hipnotizador.
Se le paraliza la vida cerebral y se convierte en un esclavo de su
inconsciente que el hipnotizador dirige a su antojo.
La personalidad consciente desaparece, la
voluntad y el discernimiento quedan abolidos. Sentimientos y pensamientos son
orientados por el hipnotizador.
Son características, la desaparición de la
personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente, la
orientación de los sentimientos y de las ideas por sugestión y contagio y la
tendencia a transformar en actos las sugerencias del hipnotizador son los
principales caracteres del individuo integrado en la masa.
Perdidos todos sus rasgos personales pasa a
convertirse en un autómata sin voluntad.
Por el solo hecho de formar parte de una masa
desciende el hombre varios escalones en la escala de la civilización y la
humanización.
Aislado podía ser un individuo culto, en masa
es un animal instintivo, un bárbaro.
Resaltan las coincidencias del alma de la
masa con la de los primitivos y los
niños.
Abriga
un sentimiento de omnipotencia.
La
masa es influenciable y crédula.
Carece de sentido crítico.
Los
sentimientos son simples y exaltados.
Se
llega rápidamente a lo extremo.
La
sospecha se convierte en evidencia.
La antipatía se convierte en odio.
Es
tan autoritaria como intolerante.
Ve
en la bondad debilidad.
Exige
la violencia.
Quiere
ser subyugada y temer a su amo.
Tiene
instintos conservadores y respeto fetichista a las tradiciones, horror
inconsciente a las novedades que transformen sus condiciones de existencia.
En la masa desaparecen todas las inhibiciones individuales. Mientras se
desatan los instintos crueles, brutales y destructores.
La masa es un dócil rebaño incapaz de vivir sin amo. Tiene sed de obedecer.
(Hasta aquí Freud expone las ideas de –Gustavo
Le Bon- con las que está de acuerdo)
OTRAS CONCEPCIONES – McDougall
El fenómeno más singular y al mismo tiempo más
importante de la formación de la masa, consiste en la exaltación o
intensificación de la emotividad en los individuos que la integran, que no existen en otras condiciones en las que los afectos humanos
alcancen la intensidad a la que llegan en la multitud.
Esta
absorción del individuo por la masa, atribuyéndola a lo que él denomina «el principio de la inducción directa de las
emociones por medio de la reacción simpática primitiva », esto es, a
aquello que denominamos “contagio” de
los afectos
El individuo llega a ser incapaz de mantener una
actitud crítica y se deja invadir por la misma emoción. Se intensifica por
inducción recíproca la carga afectiva de los individuos integrados en la masa.
La masa da al individuo la impresión de un
poder ilimitado y de un peligro invencible.
Es la encarnación de la autoridad, cuyos castigos se han temido y por la que
nos imponemos tantas restricciones
Para garantizar la propia seguridad, deberá cada
uno seguir el ejemplo que observa en derredor suyo, e incluso, si es preciso,
llegar a «aullar con los lobos»
Obedientes a la nueva autoridad, habremos de
hacer callar a nuestra consciencia anterior y ceder así a la atracción del
placer que seguramente alcanzaremos por el cese de nuestras inhibiciones.
Ven estorbada su actividad porque la intensificación
de la afectividad crea, en general, condiciones desfavorables para el trabajo intelectual; y porque los individuos, intimidados por la multitud, ven
coartado dicho trabajo, y porque en cada uno de los individuos integrados en la
masa queda disminuida la consciencia de la responsabilidad.
Una tal masa es sobremanera excitable,
impulsiva, apasionada, versátil, inconsecuente, indecisa y al mismo tiempo
inclinada a llegar en su acción a los mayores extremos, accesible sólo a las
pasiones violentas y a los sentimientos elementales, extraordinariamente fácil
de sugestionar, superficial en sus reflexiones, violenta en sus juicios, capaz
de asimilarse tan sólo los argumentos y conclusiones más simples e imperfectos,
fácil de conducir y conmover.
Carece de todo sentimiento de responsabilidad y respetabilidad, se
conduce más bien como un rebaño de animales salvajes.
SUGESTION
Y LIBIDO
Libido es un término perteneciente a la
teoría de la afectividad.
Lo consideramos como una energía -como una
magnitud cuantitativa de los instintos
relacionados con todo aquello susceptible de ser comprendido bajo el concepto placer y de amor.
La masa tiene que hallarse mantenida en
cohesión por algún poder.
Cuando el individuo englobado en la masa
renuncia a lo que le es personal y se deja sugestionar por los otros,
experimentamos la impresión de que lo hace por sentir en él la necesidad de
hallarse de acuerdo con ellos y no en oposición a ellos, esto es, por «amor a
los demás", o porque pertenecer a la masa, a los demás encuadrados en ella, le produce una satisfación.
DOS MASAS ARTIFICIALES: LA IGLESIA Y EL EJÉRCITO
La Iglesia y el Ejército son masas artificiales, masas sobre
las que actúa una coerción exterior encaminada a preservarlas de la disolución
y a evitar modificaciones de su estructura.
Estas multitudes, altamente organizadas y
protegidas en la forma indicada, contra la disgregación, nos revelan
determinadas particularidades que en otras se mantienen ocultas o disimuladas.
En la Iglesia -católica especialmente- y en el Ejército, cualesquiera que sean sus diferencias en otros aspectos, domina una misma ilusión: la
ilusión de la presencia visible o invisible de un jefe (Cristo, en la iglesia
católica, y el general en jefe en el Ejército), que ama con igual amor a todos
los miembros de la colectividad.
De esta ilusión depende todo, y su
desvanecimiento traería consigo la disgregación de la Iglesia o del Ejército, en
la medida en que la coerción exterior lo permitiese.
El
igual amor de Cristo por sus fieles todos, aparece claramente expresado en las
palabras: «De cierto os digo, que cuanto le hicisteis a uno de estos mis
hermanos pequeños, a mí me lo hicisteis».
Para
cada uno de los individuos que componen la multitud creyente, es Cristo un bondadoso
hermano mayor, una sustitución del padre.
El
aliento democrático que anima a la Iglesia depende de la igualdad de todos los
fieles ante Cristo y de su idéntica participación en el amor divino.
Una
profunda razón compara la comunidad cristiana a una familia y se consideran los
fieles como hermanos en Cristo, esto es, como hermanos por el amor que Cristo
les profesa.
Análogamente sucede en el Ejército. El jefe
es el padre que ama por igual a todos sus soldados, razón por la cual son éstos
camaradas unos de otros. Aquí la iglesia es la patria, y el "cristo" el general de turno.
En –la Iglesia y el Ejército- se halla el
individuo doblemente ligado por lazos libidinosos; en primer
lugar, al jefe (Cristo o el general), y además, a los restantes individuos de
la colectividad.
Si cada uno de tales individuos se halla
ligado, por sólidos lazos afectivos, a dos centros diferentes, no ha de sernos
difícil derivar de esta situación la modificación y la limitación de su
personalidad, generalmente observadas.
Cuando
entra el pánico en la masa es cuando la multitud comienza a disgregarse caracterizándose
por el hecho de que las ordenes de los jefes dejan de ser obedecidas y el
individuo solo trata de salvarse a sí mismo. Rotos así los lazos recíprocos,
surge un miedo inmenso e insensato.
Es
el miedo el que al crecer desmesuradamente se impone.
Se trata de explicar precisamente
por qué el miedo ha llegado a tomar proporciones tan gigantescas. No puede
atribuirse a la magnitud del peligro.
La
esencia del pánico está precisamente, en carecer de relación con el peligro que
amenaza.
Cuando
el individuo integrado en una masa en la que ha surgido el pánico, comienza a no
pensar más que en sí mismo, demuestra con ello haberse dado cuenta del
desgarramiento de los lazos afectivos que hasta entonces disminuían a sus ojos
el peligro.
El
miedo pánico presupone el relajamiento de la estructura libidinosa de la masa y
constituye una justificada reacción al mismo, siendo errónea la hipótesis
contraria de que los lazos libidinosos de la masa, quedan destruidos por el
miedo ante el peligro.
La
palabra «pánico» no posee una determinación precisa e inequívoca. A veces se
emplea para designar el miedo colectivo, otras es aplicada al miedo individual,
cuando éste supera toda medida, y otras, por, último, parece reservada a
aquellos casos en los que la explosión del miedo no se muestra justificada por
las circunstancias.
Sin
que el peligro aumente, basta la pérdida
del jefe -en cualquier sentido para que surja el pánico. (El jefe aúna y proteje - mejor dicho, el individuo se siente unido a los demás y protegido)
Con
el lazo que les ligaba al jefe desaparecen también los lazos que ligaban a los
individuos entre sí y la masa se pulveriza. Por ello, en las batallas, reales o ficticias, el objetivo va en matar al jefe, para que la masa se disuelva.
La
disgregación de una masa religiosa resulta ya más difícil de observar. Toda
religión, aunque se denomine religión de amor, ha de ser dura y sin amor para
con todos aquellos que no pertenezcan a ella. Toda religión es una tal religión
de amor para sus fieles y en cambio, cruel e intolerante para aquellos que no
la reconocen.
OTROS PROBLEMAS
Ningún hombre soporta una aproximación
demasiado íntima con los demás. Casi todas las relaciones afectivas íntimas, de
alguna duración, entre dos personas -el matrimonio, la amistad, el amor paterno
y el filial dejan un depósito de sentimientos hostiles, que precisa para
desaparecer, del proceso de la represión.
La aversión se hace más difícil de dominar
cuanto mayores son las diferencias y de este modo hemos dejado ya de extrañar
la que los galos experimentan por los germanos, los arios por los semitas y los
blancos por los hombres de color.
Cuando
la hostilidad se dirige contra personas amadas, decimos que se trata de una
ambivalencia afectiva.
En los sentimientos de repulsión y de
aversión que surgen sin disfraz alguno contra personas extrañas con las cuales nos
hallamos en contacto, podemos ver la expresión de un narcisismo que tiende a
afirmarse y se conduce como si la menor desviación de sus propiedades y particularidades
individuales implicase una crítica de las mismas y una invitación a modificarlas.
Esta conducta de los hombres revela una
disposición al odio y una agresividad, a las cuales podemos atribuir un
carácter elemental.
Toda esta intolerancia desaparece, fugitiva o
duraderamente en la masa.
Mientras que la formación colectiva se mantiene, los
individuos se comportan como cortados por el mismo patrón; toleran todas las
particularidades de los otros, se consideran iguales a ellos y no experimentan
el menor sentimiento de aversión.
Tal restricción del narcisismo no puede ser
provocada sino por un solo factor: por el enlace libidinoso a otras personas.
El egoísmo no encuentra un límite más que en
el amor a otros y el amor a objetos. Aun en los casos de simple colaboración, se
establecen regularmente entre los camaradas relaciones libidinosas.
La
libido se apoya en la satisfacción de las grandes necesidades individuales y
elige, como primeros objetos, a aquellas personas que en ella intervienen.
En
el desarrollo de la humanidad, como en el del individuo, es el amor lo que ha revelado
ser el principal factor de civilización, y aun quizá el único, determinando el
paso del egoísmo al altruismo.
Cuando
observamos que en la masa surgen restricciones del egoísmo narcisista, inexistentes
fuera de ella, habremos de considerar tal hecho como una prueba de que la esencia de la formación colectiva reposa
en el establecimiento de nuevos lazos libidinosos entre los miembros de la
misma.
LA IDENTIFICACIÓN
Esta es la manifestación más temprana de un enlace
afectivo con otra persona y desempeña un importante
papel en la prehistoria del complejo de Edipo.
El niño manifiesta un especial interés por su
padre; quisiera ser como él y reemplazarlo en todo. Hace de su padre, un ideal, su ideal.
Simultáneamente a esta identificación con el Padre
comienza el niño a tomar a su madre como objeto de sus instintos libidinosos.
Muestra, pues, dos tipos de enlaces,
psicológicamente diferentes. Uno, francamente sexual, -afectivo, placentero-, hacia la madre, y
otra, la identificación con el padre, al que considera como modelo que imitar.
Estos
dos enlaces coexisten durante algún tiempo sin influirse ni estorbarse entre
sí. Pero a medida que la vida psíquica tiende a la unificación van
aproximándose, hasta acabar por encontrarse y de esta confluencia nace el complejo de Edipo normal.
El
niño se da cuenta que el padre –u otro macho- le
cierra el camino hacia la madre, -o la hembra- .
Su identificación con él adquiere por este hecho, un matiz hostil, terminando
por fundirse en el deseo de sustituirle también cerca de la madre.
La identificación es, además, desde un
principio, ambivalente, y puede acabar, tanto en una exteriorización cariñosa
como en el deseo de supresión
Se
comporta como una ramificación de la primera fase, la fase oral, de la
organización de la libido, durante la cual el sujeto se incorporaba al objeto
ansiado y estimado, "comiéndoselo", y al hacerlo así, lo destruía.
Sabido
es que el caníbal ha permanecido en esta fase: ama a sus enemigos, esto es,
gusta de ellos o los estima, para comérselos, y no se come sino aquellos a
quienes ama desde este punto de vista. –son mamados, absorbidos, comidos-
Más
tarde, perdemos de vista los destinos de esta identificación con el padre.
Puede suceder que el complejo de Edipo experimente una inversión, o sea, que adoptando el sujeto una actitud femenina, se
convierta el padre en el objeto del cual esperan su satisfacción los instintos sexuales
directos, y en este caso, la identificación con el padre constituye la fase
preliminar de su conversión en objeto sexual. Este mismo proceso preside la
actitud de la hija con respecto a la madre.
No
es difícil expresar en una fórmula esta diferencia entre la identificación con
el padre y la elección del mismo como objeto sexual. En el primer caso, el
padre es lo que se quisiera ser; en el segundo, lo que se quisiera tener
La
diferencia está, pues, en que el factor interesado sea el sujeto o el objeto
del Yo. Por este motivo, la identificación es siempre posible antes de toda elección
de objeto. Lo que ya resulta mucho más difícil es construir una representación
metapsicológica concreta de esta diferencia. Todo lo que comprobamos es que la
identificación aspira a conformar el propio Yo análogamente al otro tomado como
modelo.
En un síntoma neurótico, la identificación se
enlaza a un conjunto más complejo.
Supongamos el caso de que la hija contrae el mismo síntoma patológico que
atormenta a la madre, por ejemplo una tos pertinaz. Pues bien, esta identificación
puede resultar de dos procesos distintos. Puede ser, primeramente, la misma del
complejo de Edipo, significando, por lo tanto, el deseo hostil de sustituir a
la madre, y entonces, el síntoma expresa la inclinación erótica hacia el padre
y realiza la sustitución deseada, pero bajo la influencia directa de la
consciencia de la culpabilidad: «¿No querías ser tu madre? Ya lo has
conseguido. Por lo menos, ya experimentas sus mismos sufrimientos». Tal es el mecanismo completo de la
formación de síntomas histéricos. Pero también puede suceder que el síntoma
sea el mismo de la persona amada. La
identificación representa la forma más temprana y primitiva del enlace afectivo
En
las condiciones que presiden la formación de síntomas, y, por lo tanto, la
represión, y bajo el régimen de los mecanismos de lo inconsciente, sucede, con
frecuencia, que la elección de objeto deviene
de nuevo identificación, absorbiendo el Yo las cualidades del objeto. En
estas identificaciones, copia el Yo unas veces a la persona no amada, y otras
en cambio, a la amada. En ambos casos, la
identificación no es sino parcial y altamente limitada, contentándose con tomar
un solo rasgo de la persona-objeto.
En un tercer caso, particularmente frecuente y significativo, de formación de
síntomas, la identificación se efectúa
independientemente de toda actitud libidinosa con respecto a la persona copiada. El
mecanismo al que aquí asistimos, es el de la
identificación, hecha posible por la actitud o la voluntad de colocarse en la
misma situación.
Las
demás pueden tener también una secreta intriga amorosa y aceptar, bajo la
influencia del sentimiento de su culpabilidad, el sufrimiento con ella
enlazado. Sería inexacto afirmar que es por simpatía por lo que se asimila el
síntoma de su amiga.
Por
lo contrario, la simpatía nace
únicamente de la identificación, y prueba de ello es que tal infección o
imitación se produce igualmente en casos en los que entre las dos personas
existe menos simpatía que la que puede suponerse entre dos condiscípulas de una
pensión.
Uno de los Yo, ha advertido en el otro una
importante analogía en un punto determinado
(en nuestro caso se trata de un grado de sentimentalismo igualmente
pronunciado); Inmediatamente, se produce una identificación en este punto, y
bajo la influencia de la situación patógena, se desplaza esta identificación hasta
el síntoma producido por el Yo imitado.
La
identificación por medio del síntoma señala así el punto de contacto de los dos
Yo, punto de encuentro que debía mantenerse reprimido.
Las
enseñanzas extraídas de estas tres fuentes pueden resumirse en la forma que
sigue: 1º, la identificación es la forma
primitiva del enlace afectivo de un objeto; 2º, siguiendo una dirección regresiva, se convierte en sustitución de un
enlace libidinoso a un objeto, como por introyección del objeto en el Yo; y
3º, puede surgir siempre que el sujeto
descubre en sí, un rasgo común con otra persona que no es objeto de sus
instintos sexuales.
Cuanto
más importante sea tal comunidad, más perfecta y completa podrá llegar a ser la
identificación parcial y constituir así el principio de un nuevo enlace.
El enlace recíproco de los
individuos de una masa es de la naturaleza de una similar identificación,
basada en una amplia comunidad afectiva. Y podemos suponer que esta comunidad
reposa en la forma del enlace con el caudillo.
Nos
hallamos ante el proceso denominado «proyección
simpática» por la psicología, proceso del que depende, en su mayor parte,
nuestra comprensión del Yo de otras personas
La génesis del homosexualismo, es con mucha frecuencia, la siguiente: el joven ha permanecido fijado
a su madre, en el sentido del complejo de Edipo, durante un lapso mayor del ordinario
y muy intensamente. Con la pubertad, llega luego el momento de cambiar a la madre
por otro objeto sexual, y entonces se produce un súbito cambio de orientación: el joven no renuncia a la madre, sino que
se identifica con ella, se transforma en ella y busca objetos susceptibles
de reemplazar a su propio Yo y a los que amar y cuidar como él ha sido amado y
cuidado por su madre
Lo
más singular de esta identificación es su amplitud. El Yo queda transformado de
un modo importantísimo, en el carácter sexual, conforme al modelo de aquel otro
que hasta ahora constituía su objeto, quedando entonces perdido o abandonado el
objeto, sin que de momento podamos entrar a discutir si el abandono es total o
permanece conservado el objeto en lo inconsciente.
ENAMORAMIENTO E HIPNOSIS
El enamoramiento no es más que un
revestimiento del objeto enamorado por los instintos sexuales. Revestimiento encaminado
a lograr una satisfacción sexual directa y que desaparece con su consecución.
Esto es lo que conocemos como amor corriente o sensual.
La
singular evolución de la vida erótica humana nos ofrece un segundo factor. El
niño encontró, durante la primera fase de su vida, fase
que se extiende hasta los cinco años, su primer objeto erótico en su madre (la
niña en su padre), y sobre este primer objeto erótico se concentraron todos sus
instintos sexuales que aspiraban a hallar satisfacción.
El
niño permanece en adelante ligado a sus padres, pero con instintos a los que
podemos calificar de «coartados en sus fines».
El
hombre muestra apasionada inclinación hacia mujeres que le inspiran un alto
respeto, pero que no le incitan al comercio amoroso, y en cambio, sólo es
potente con otras mujeres a las que no «ama», estima en poco o incluso desprecia
Dada
una represión o retención algo eficaz de las tendencias sensuales, surge la
ilusión de que el objeto es amado también sensualmente a causa de sus
excelencias psíquicas, cuando, por lo contrario, es la influencia del placer
sensual lo que nos ha llevado a atribuirles tales excelencias.
En el enamoramiento pasa al objeto una parte
considerable de libido narcisista, llega incluso a evidenciarse que el objeto
sirve para sustituir un ideal propio y no alcanzado del Yo.
Amamos al objeto a causa de las perfecciones
a las que hemos aspirado para nuestro propio Yo y que quisiéramos ahora
procurarnos por este rodeo, para satisfacción de nuestro narcisismo.
Las tendencias que aspiran a la satisfacción sexual
directa pueden sufrir una represión total, como sucede, por ejemplo, casi
siempre, en el apasionado amor del adolescente; el Yo se hace cada vez menos
exigente y más modesto, y en cambio, el objeto deviene cada vez más magnífico y
precioso, hasta apoderarse de todo el amor que el Yo sentía por si mismo,
proceso que lleva naturalmente, al sacrificio voluntario y completo del Yo.
El objeto ha devorado al Yo.
La crítica ejercida por esta instancia enmudece,
y todo lo que el objeto hace o exige es bueno e irreprochable
El objeto ha ocupado el lugar del ideal del
Yo.
La diferencia entre la identificación y el enamoramiento
en sus desarrollos más elevados, son conocidos con los nombres de fascinación y
servidumbre amorosa y resultan fáciles de describir.
El Yo se enriquece con las cualidades del
objeto, se lo «introyecta, y se empobrece a si mismo, dándose por entero al
objeto y sustituyendo por él su más
importante componente.
No
se trata ni de enriquecimiento ni de empobrecimiento, pues incluso el estado
amoroso más extremo puede ser descrito diciendo que el Yo se ha «introyectado»
el objeto.
En el caso de la identificación, el objeto desaparece o queda abandonado, y es reconstruido luego en el Yo que se modifica parcialmente conforme al
modelo del objeto perdido.
En
el otro caso, el objeto subsiste, pero
es dotado de todas las cualidades por el Yo y a costa del Yo.
Que
el objeto sea situado en el lugar del Yo o en el del ideal del Yo.
Del enamoramiento a la hipnosis no hay gran
distancia, siendo evidentes sus coincidencias.
El hipnotizado da, con respecto al hipnotizador,
las mismas pruebas de humilde sumisión, docilidad y ausencia de crítica, que el
enamorado con respecto al objeto de su amor.
En
ambos, el mismo renunciamiento a toda
iniciativa personal. El hipnotizador
se ha situado en el lugar del ideal del Yo.
En la hipnosis, se nos muestran todas estas particularidades
con mayor claridad y relieve, de manera que parecerá más indicado explicar el
enamoramiento por la hipnosis y no ésta por aquél.
El hipnotizador es para el hipnotizado el único
objeto digno de atención; todo lo demás se
borra ante él.
El
hecho de que el Yo experimente como en un sueño todo lo que el hipnotizador exige
y afirma, nos advierte que hemos omitido mencionar, entre las funciones del
ideal del Yo, el ejercicio de la prueba de la realidad.
El
Yo considera como real una percepción cuando la instancia psíquica encargada de
la prueba de la realidad se pronuncia por la realidad de la misma.
La relación hipnótica es un abandono amoroso
total con exclusión
de toda satisfacción sexual, mientras que en el enamoramiento, dicha
satisfacción no se halla sino temporalmente excluida y perdura en segundo
término, a título de posible fin ulterior.
La relación hipnótica es -si se nos permite la expresión- una formación colectiva constituida por dos personas.
La
hipnosis se presta mal a la comparación con la formación colectiva, por ser más
bien idéntica a ella.
Nos presenta aislado un elemento de la
complicada estructura de la masa: la actitud del individuo de la misma con respecto
al caudillo.
Por
tal limitación del número se distingue la hipnosis de la formación colectiva,
como se distingue del enamoramiento por la ausencia de tendencias sexuales directas,
las tendencias sexuales coartadas en su fin
son las que crean entre los hombres lazos más duraderos.
El
amor sensual está destinado a extinguirse en la satisfacción.
Para poder durar, tiene que hallarse asociado
desde un principio a componentes puramente tiernos, esto es, coartados en sus
fines, o experimentar en un momento dado, una transposición de este género.
En
la hipnosis hay aún, en efecto, mucha parte incomprendida y de carácter místico.
Una especie de parálisis resultante de la influencia
ejercida por una persona omnipotente sobre un sujeto impotente y sin defensa,
particularidad que nos aproxima a la hipnosis provocada en los animales por el
terror.
Es
muy atendible el hecho de que la
conciencia moral de las personas hipnotizadas puede oponer una intensa
resistencia, simultánea a una completa docilidad sugestiva de la persona
hipnotizada
Las
consideraciones que anteceden nos permiten, de todos modos, establecer la fórmula de la constitución libidinosa de
una masa, por lo menos de aquella que hasta ahora venimos examinando, o sea
de la masa que posee un caudillo y
no ha adquirido aún, por una «organización»
demasiado perfecta, las cualidades de un individuo.
Una tal masa primaria es una reunión de
individuos, que han
reemplazado su ideal del Yo por un mismo objeto, a consecuencia de lo cual se ha establecido entre ellos una general y
recíproca identificación del Yo.
EL INSTINTO GREGARIO
Los numerosos lazos afectivos dados en la
masa bastan para explicarnos uno de sus caracteres, la falta de independencia e iniciativa del
individuo. Se identifica en su reacción
con la de los demás, su descenso, a
la categoría de unidad integrante de la multitud.
Otros
caracteres; la disminución de la
actividad intelectual. La
afectividad exenta de todo freno, la
incapacidad de moderarse y retenerse,
la tendencia a transgredir todo
límite en la manifestación de los afectos y a la completa derivación de éstos
en actos. Todos estos caracteres y otros análogos, representan una regresión de la actividad psíquica
a una fase anterior en la que no extrañamos encontrar al salvaje o al niño.
Tal regresión caracteriza especialmente a las
masas ordinarias, mientras que en las multitudes
más organizadas y artificiales,
pueden quedar, como ya sabemos,
considerablemente atenuados, tales
caracteres regresivos.
Experimentamos
así, la impresión de hallarnos ante una situación en la que el sentimiento individual y el acto intelectual personal son demasiado
débiles para afirmarse por sí solos, sin el apoyo de manifestaciones
afectivas e intelectuales, análogas,
a las de los demás individuos.
Esto
nos recuerda cuán numerosos son los fenómenos
de dependencia en la sociedad humana normal, cuán escasa originalidad y cuán poco valor personal hallamos en
ella y hasta qué punto se encuentra dominado el individuo por las influencias de un alma
colectiva, tales como las propiedades raciales, los prejuicios de clase, la opinión pública,
etc.
El
enigma de la influencia sugestiva se
hace aún más oscuro cuando admitimos que es
ejercida no sólo por el caudillo sobre todos los individuos de la masa, sino también por cada uno de éstos sobre
los demás y habremos de reprocharnos la unilateralidad con que hemos
procedido al hacer resaltar casi exclusivamente la relación de los individuos
de la masa con el caudillo, relegando, en cambio, a un segundo término, el
factor de la sugestión recíproca.
Tomamos
esta explicación del interesante libro de W. Trotter sobre el instinto
gregario, lamentando tan sólo que el autor no haya conseguido sustraerse a las
antipatías desencadenadas por la última gran guerra.
Trotter deriva
los fenómenos psíquicos de la masa, antes descritos, de un instinto gregario innato al hombre como a las demás especies
animales. Este instinto gregario es,
desde el punto de vista biológico, una analogía y como una extensión de la estructura policelular de los organismos
superiores, y desde el punto de vista de
la teoría de la libido, una nueva manifestación de la tendencia libidinosa de
todos los seres homogéneos, a reunirse en unidades cada vez más amplias.
El
individuo se siente «incompleto» cuando está solo.
La
angustia del niño pequeño sería ya una manifestación de este instinto gregario.
La oposición al rebaño, el cual rechaza todo lo nuevo y desacostumbrado, supone
la separación de él y es, por lo tanto, temerosamente evitada.
El
instinto gregario sería algo primario y no susceptible de descomposición.
Trotter
considera como primarios los instintos de conservación y nutrición, el instinto
sexual y el gregario. Este último entra a veces en oposición con los demás. La consciencia de la culpabilidad y el sentimiento
del deber serían las dos propiedades características del animal gregario.
Del instinto gregario emanan asimismo según Trotter, las fuerzas de represión que
el psicoanálisis ha descubierto en el Yo, y por consiguiente, también las
resistencias con las que el médico tropieza en el tratamiento psicoanalítico.
El
lenguaje debe su importancia al hecho de permitir la comprensión recíproca dentro
del rebaño, y constituiría, en gran parte, la base de la identificación de los
individuos gregarios.
Trotter
concentra toda su atención en aquellas asociaciones más generales, dentro de
las cuales vive el hombre, e intenta fijar sus bases psicológicas.
Considerando el instinto gregario, como un instinto
elemental no susceptible de descomposición, prescinde,
claro está, de toda investigación de sus orígenes, y su observación de que
Boris Sidis lo deriva de la sugestibilidad, resulta por completo superflua, afortunadamente
para él, pues se trata de una tentativa de explicación ya rechazada en general,
por insuficiente, siendo, a nuestro juicio, mucho más acertada la proposición
inversa, o sea la de que la
sugestibilidad es un producto del instinto gregario.
Contra
la exposición de Trotter puede objetarse, más justificadamente aún que contra
las demás, que atiende demasiado poco al papel del caudillo.
Creemos imposible llegar a la comprensión de
la esencia de la masa haciendo abstracción de su jefe.
El
instinto gregario no deja lugar alguno para el caudillo, el cual no aparecería
en la masa sino casualmente.
El
instinto gregario excluye por completo la necesidad de un dios y deja al rebaño
sin pastor.
También
puede refutarse la tesis de Trotter con ayuda de argumentos psicológicos, esto
es, puede hacerse, por lo menos, verosímil, la hipótesis de que el instinto gregario
es susceptible de descomposición, no siendo primario en el mismo sentido que
los instintos de conservación y sexual. No
es, naturalmente, nada fácil, perseguir la ontogénesis del instinto gregario.
El miedo que el niño pequeño experimenta cuando le dejan solo, y que Trotter considera ya como una
manifestación del instinto gregario, es susceptible de otra interpretación más
verosímil.
La expresión de un deseo insatisfecho, cuyo
objeto es la madre y más tarde, otra persona familiar, deseo que el niño no
sabe sino transformar en angustia.
Esta
angustia del niño que ha sido dejado solo, lejos de ser apaciguada por la
aparición de un hombre cualquiera «del rebaño», es provocada o intensificada
por la vista de uno de tales «extraños». Además, el niño no muestra durante mucho tiempo signo ninguno de un instinto
gregario o de un sentimiento colectivo
El
sentimiento social reposa en la transformación de un sentimiento primitivamente
hostil en un enlace positivo de la naturaleza de una identificación. Se efectúa
bajo la influencia de un enlace común, a base de ternura, a una persona
exterior a la masa.
A
propósito de las dos masas artificiales, la Iglesia y el Ejército, hemos visto
que su condición previa consiste en que todos sus miembros sean igualmente amados
por un jefe.
La reivindicación, de igualdad formulada por
la masa, se refiere tan sólo a los individuos que la constituyen, no al jefe.
Todos los individuos quieren ser iguales,
pero bajo el dominio de un caudillo.
Muchos iguales, capaces de identificarse
entre sí, y un único superior, tal es la situación que hallamos realizada en la
masa.
Más
que un «animal gregario», es el hombre un «animal de horda», esto es, un elemento
constitutivo de una horda conducido por un jefe.