domingo, 14 de enero de 2024

LA LOGICA DE LA CRUELDAD

 


LOGICA DE LA CRUELDAD

Joan-Carles Mélich

 

El aire está lleno de nuestros gritos. 

Pero la costumbre ensordece.

(Samuel Beckett, Esperando a Godot)

 

 

No hay moral sin lógica, no hay lógica sin crueldad.

 

Camuflada de miles de maneras, la crueldad aparece en nuestro lenguaje, irrumpe y permanece sutilmente en la forma de organizar el mundo.

 

Heredamos una gramática: un modo de ver compartido, una forma de crear y de crearnos, de establecer fronteras y límites entre lo que vale y lo que no vale, entre lo que es digno de ser respetado y lo que no merece nuestra atención, entre lo que es verdad y lo que no resulta más que una ficción o una mera apariencia. En esta visión, en este modo heredado de ver el mundo nacido en el propio mundo, la moral domina y, con ella, una lógica de lo que somos, una forma de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos, de integrar y de excluir, de respetar y de exterminar.

 

Aquí se hablará de la crueldad que vive inscrita en nuestro modo de ser y de pensar, pero no tanto en lo que hacemos sino sobre todo en la manera que tenemos de justificarlo y analizarlo.

 

Kant sostiene que la lógica se ocupa de «las reglas del entendimiento en general.

 

Se trata de indagar cómo opera una lógica cruel en el seno de la moral, que adopta dos formas: 

1-    la mala conciencia; su importancia en relación con el vínculo entre moral, culpa y crueldad. Deja de ser algo externo al propio yo para convertirse en una parte de este, (superyó). Heredero del complejo de Edipo, que enfrentado al Yo generara un complejo de culpa imposible de erradicar.

2-    la buena conciencia, más cruel, más radical, más intensa. Sin la buena conciencia, sin toda una serie de procedimientos y de mecanismos dedicados a crear «sinvergüenzas», para muchos la vida sería invivible, porque la culpa sería insoportable. En este caso, la conciencia moral deberá ser educada, configurando un modo de ser, un lenguaje y una topología, un espacio de acción evitando que la vergüenza, correlato de la culpa, haga su aparición. El sinvergüenza no nace, se hace. La vergüenza es la presencia ante nosotros mismos, revelando nuestra desnudez. La vergüenza surge en el momento en que uno se descubre clavado a sí mismo, en el momento en que no puede huir de sí, es la presencia irrevocable del yo en uno mismo, es la visión de nuestro ser total, en su plenitud. La lógica moral de la buena conciencia crea una especie de «túnica» que oculta la vergüenza no solo a los demás sino también a uno mismo, una túnica que justifica y legitima el propio yo, una «túnica des-culpabilizadora. Hay que aprender a no sentir vergüenza, a no sentirse culpable. El problema no es, si se puede aprender la compasión, sino si se puede desaprender la compasión. Hay que educar la crueldad, no la compasión, formando una lógica de la crueldad que bloquee la compasión para evitar así la mala conciencia, la culpa y la vergüenza.

 

Hay que reflexionar sobre los dispositivos que se dedican a fabricar una buena conciencia. -15-

 

Toda moral es, una trama categorial, un ámbito de inmunidad, una gramática, un marco sígnico y normativo que establece y clasifica a priori quién tiene derechos y quién deberes, quién debe ser tratado como «persona» y quién no, de quién podemos o debemos compadecernos y frente a quién tenemos que permanecer indiferentes.

Más allá de sus «efectos negativos» (castigo, represión…) toda moral también es, sobre todo, una gramática que (me) protege de la vergüenza y que, como tal, incluye y excluye, esto es, (me) ordena y (me) clasifica, distingue lo bueno

de lo malo, lo correcto de lo incorrecto, lo que debe hacerse de lo que tiene que olvidarse.

Lo que la moral afirma es que hay «seres» que deben ser alabados y «seres» que no.

 

La moral establece por adelantado qué debe hacerse con ellos, cómo hay que tratarlos, afirma que hay «seres» que merecen ser tomados como modelos por su comportamiento ejemplar y «seres» que tienen que ser descalificados por atentar

contra las buenas costumbres, la moral dicta —a través de marcos sígnico-normativos— el que va a ser y el que no va a ser considerado humano.

Los «no-humanos» no serán objeto de respeto moral, y, entonces, se situarán fuera de la protección de la ley. El resto, los que sí se hallen bajo su manto protector, no tendrán ninguna obligación (moral) respecto a la vida y a la muerte de los demás, y podrán vivir con la conciencia tranquila y evitar la vergüenza. 

La moral debe operar según una lógica construida alrededor de una serie de categorías, de principios, de puntos de apoyo: universalidad, persona, bien, fidelidad, significado, asco, reconocimiento… Tienen como cometido la construcción de unas normas de decencia, unas normas que son necesarias para que determinadas acciones queden justificadas, para que una serie de actos quede legitimada. Así los actores podrán tener la conciencia tranquila. 

 

La lógica moral es una «fábrica» de buena conciencia.

La moral crea, justifica, explica, significa y, sobre todo, legitima.

Su problema (y su peligro está en la justificación, en su poder de legitimación. 

La legitimación moral es «superior» a la jurídica -legal-, porque habla desde lo alto, desde la totalidad, desde lo Absoluto, desde la universalidad, desde lo sagrado.

 

No hay que confundir «moral» con «ética.

 

La moral, toda moral, dicta leyes, normas, imperativos. La moral es pública, no hay morales privadas.

La ética, en cambio, habita en una zona oscura, en una zona de indeterminación.

La ética surge como una transgresión de las leyes y de las categorías, como una respuesta hic et nunc a la demanda del otro en una situación única, excepcional.

 

Mientras que la moral se rige por una lógica, la ética no. Es lo contrario de la lógica, es la subversión de la lógica. La ética, es un sinsentido, es el sentido del

sinsentido. No hay ninguna necesidad de ser éticos, no hay ninguna ventaja en serlo.

 

Los humanos no podemos prescindir de la moral ni de la ética, no podemos vivir sin reglas, leyes, imperativos y normas, pero tampoco podemos vivir humanamente solo con reglas, leyes, imperativos y normas.

No puede existir, porque no es antropológicamente posible, un ser humano sin moral, porque somos finitos y nuestra vida es demasiado breve, porque no podemos innovar absolutamente y a voluntad, porque no es posible vivir sin una cultura, sin espacio y sin tiempo, sin historia, porque nacemos en un mundo y no comenzamos de cero, porque en el mundo que heredamos habita —de forma más

o menos explícita— una gramática moral configurada sobre la base de una lógica. Necesitamos puntos de referencia, aunque sean provisionales, que nos orienten en las noches de tormenta. 

Pero tampoco podemos existir sin la ética, porque siempre nos encontramos viviendo a salto de mata, siempre estamos sometidos a situaciones imprevisibles, a

demandas extrañas, siempre nos movemos en encrucijadas que no sabemos ni podemos resolver acudiendo a manuales o a códigos deontológicos.

Mientras la moral nos dice qué debemos hacer, pensar, decir o responder, la ética nos dice que tenemos que responder a una situación sin saber a ciencia cierta qué debemos responder.  


Nacer significa heredar un «mundo interpretado.  No es un territorio sino un universo sígnico, simbólico y normativo que no podemos eludir.

Heredamos una gramática, una organización articulada de signos, símbolos, imágenes, narraciones, valores, normas, hábitos, gestos, costumbres…, que ordena y clasifica el mundo, así como las relaciones que en él se establecen. 

Que ofrece y proporciona normas de conducta respecto a ese mismo mundo y las interacciones entre sus miembros. 

Es una estructura de la experiencia humana, una forma de dividir y de organizar esta experiencia, y también la forma que tenemos los seres humanos de organizarnos en ella, de situarnos en el mundo, de ser-en-el-mundo.

Aunque sea mía no me pertenece, por eso no somos nunca los mismos, no somos idénticos, somos los otros de nosotros mismos.

 

Mi identidad no es del todo mía, no es una decisión mía

No hay identidades compactas y sólidas.

 

La gramática que heredamos nos dice qué y quiénes somos, nos ubica en el mundo, en nuestras tradiciones, costumbres y hábitos, en nuestros mitos y rituales, en nuestro universo normativo compartido con los demás.

 

Nos sitúa en él, aunque nunca nos sitúa del todo en él. Nos da una identidad social. Las relaciones con el mundo, con los demás y con nosotros mismos, unas relaciones siempre imperfectas, siempre incompletas, siempre frágiles, siempre provisionales, siempre dudosas.

 

Solo un universo totalitario tiene la pretensión de haber construido unas identidades sólidas, un mundo compacto y sin fisuras, sin grietas ni heridas, sin ambigüedades.

 

Los seres humanos no habitan territorios, sino costumbres.

No hay «mundo» y «lenguaje», sino «mundo-lingüístico».

 

El mundo interpretado es un mundo abierto a la vida, es un mundo agrietado, escindido. Es un mundo roto. Para que la vida sea posible, las grietas del mundo no se pueden suturar. Si hay interpretación hay grietas.

 

Nos provoca una relación de amor y temor respecto al mundo, una relación de acuerdo y de desacuerdo, de confianza y de desconfianza, de ganancia y de pérdida, de integración y de desintegración. -19-

 

Toda gramática tiene, a la vez, un triple componente ontológico, relacional y moral.

 

Porque heredamos un mundo interpretado heredamos múltiples disonancias.

 

Es la propia gramática, el mismo mundo gramatical el encargado de configurar unas normas de decencia que nos guíen en la vida. Aprender a vivir es aprender esas normas de decencia, esa manera de tratar(-me) al mundo, en el mundo y a los demás.

 

Presupuesto antropológico: somos finitos. Somos herederos de un mundo que se está configurando. No podríamos sobrevivir sin esta herencia gramatical, porque la finitud reclama puntos de apoyo, marcos referenciales que proporcionen horizontes de significado.

 

Si hay mundo hay horizontes que nos conforman y orientan, y es desde ellos que iniciamos el trayecto vital.

 

¿Seremos capaces ahora de vivir sin Dios? ¿Qué fiestas expiatorias tendremos que inventar?

 

«Dios» es lo Absoluto, y su «muerte» significa el fin de todo punto de referencia

trascendente al espacio y al tiempo, el final de todo referente metahistórico.

 

La desaparición de lo Absoluto conlleva una crisis de horizontes, una crisis de sentido, porque los horizontes tienen la función de ubicar y de orientar. 

Lo sitúan en su trayecto histórico y, por lo tanto, le proporcionan un fondo de sentido. La muerte de Dios deja abierto el mundo a la desorientación y eso provoca temor, angustia y, sobre todo, vértigo.

 

El vértigo aparece en el momento en el que las distancias se confunden, en el que el suelo se acerca demasiado, en el que los pies dejan de estar donde deberían y todo se mezcla en una especie de torbellino infernal, como en la conocida magistral película de Hitchcock. 

No sabemos a ciencia cierta qué sentido tiene. Hemos perdido ese apoyo. 

 

Si Dios ha muerto, se ha vuelto un espacio vertiginoso, para muchos difícilmente habitable. Por eso es necesario inventar ídolos que demasiadas veces tienen pies de barro. 

 

El vértigo aparece ante un abismo que atrae, que seduce, pero que al mismo tiempo es terrible.

¿Quedarse en el mismo sitio, en el borde del abismo, o lanzarse a una muerte segura? 

Uno siente vértigo precisamente porque no puede dar respuesta a esta situación. En “La insoportable levedad del ser,” Milan Kundera se pregunta: ¿qué es el vértigo? 

 

El vértigo es diferente del miedo a la caída porque en él hay una atracción por la profundidad, por el abismo que se abre a nuestros pies. 

Hay una seducción y, al mismo tiempo, un horror, un espanto.

 

La angustia surge ante el ser-en-el-mundo

Nos angustiamos ante la nada. No SE sabe ante qué se angustia. 

 

El vértigo, a diferencia de la angustia, no surge ante la nada sino ante el vacío.

 

Atracción y repulsión del vacío. - Vacío ¿de qué? De la ley.

Porque vida y mundo no son lo mismo, porque vida y mundo no coinciden, la existencia se encuentra al borde del precipicio.

 

La moral no conoce el vértigo; la ética, en cambio, sí.

 

La ética supone vivir el vértigo ante el vacío del deber.

La moral tranquiliza, ofrece seguridad porque da normas. 

La ética, en cambio, provoca el vértigo porque nos sitúa en el abismo de un vacío imposible de superar. 

La lógica de la crueldad no puede soportar el vértigo, por eso intenta con todas sus fuerzas diluir la frontera entre la moral y la ética, reduciendo la segunda a la primera. 

En la lógica de la crueldad todo es moral, o inmoral; no hay en ella tiempo para la ética. Todo tiene (o debe tener) su lugar, todo sucede (o debe suceder) como Dios manda.

 

Lo que quiere decir horizonte desde una perspectiva moral la encontramos en La ética de la autenticidad, de Charles Taylor. 

 

Vivimos en y desde una moral que es el resultado de habitar un mundo.

 

Mediante la educación (o los procesos de transmisión, sean del orden que sean) recibimos una gramática que nos proporciona horizontes de significado o, lo que es lo mismo, esquemas siempre provisionales y ambiguos de orientación y de valor.

 

La moral quiere acabar con esa ambigüedad, pretende ofrecer seguridad absoluta, respuestas lo más claras y distintas posibles.

 

La moral nos guía, nos tranquiliza, nos otorga significados, nos ubica y nos orienta. Uno siente que no puede vivir al margen de ella.

 

La distinción entre sentido y significado es muy relevante. 

Mientras la moral se refiere al significado, la ética tiene que ver con el sentido. 

 

El sentido siempre es una «posibilidad-de-sentido». En un ser finito el sentido está inevitablemente amenazado por el sinsentido. El sentido de la vida resulta en todo momento extremadamente problemático, imposible de establecer de una vez por todas. 

 

Precisamente porque son morales, no pueden sino ser horizontes de significado, pero no de sentido. Por eso, porque ofrecen seguridad dan significado

 

El sentido no es un horizonte porque no pertenece al mundo sino a sus márgenes, a los márgenes del mundo, a la vida.

El sentido es algo por hacer, algo por venir, algo que está enfrente y, en consecuencia, no puede heredarse.

 

La moral no es amiga del sentido porque este la intranquiliza, le produce vértigo, porque el sentido no puede ser si no es, al mismo tiempo, sinsentido, porque

el sentido no es el sentido del mundo sino de sus márgenes y, por lo tanto, es un sentido que pone en cuestión el significado del mundo, la gramática que hemos heredado. 

 

El mundo y la vida no son lo mismo. Para ser vida, la vida siempre tiene que desarrollarse en los márgenes, tiene que ser una vida en busca de sentido.

No somos humanos porque hayamos erradicado el mal, la violencia, el dolor… sino todo lo contrario, porque no podemos hacerlo.

 

Un ser sin una herencia gramatical que transmita horizontes de significado no podría sobrevivir.

 

Somos humanos porque no podemos eludir las dudas, los vértigos, las paradojas. Somos humanos porque vivimos en ámbitos de transgresión.

La transgresión es marginal, pertenece a la vida, deja al mundo «fuera de juego», es algo que rompe las seguridades y las respuestas gramaticales y nos deja huérfanos de significado. Y es este orfanato el lugar en el que surge el sentido.

 

El conjunto de signos, símbolos, mitos y ritos que configuran el mundo interpretado, resulta ser un artefacto de primera magnitud. Ubican al recién llegado y, al hacerlo, también configuran su identidad.

 

Los horizontes morales son horizontes ontológicos. Dan normas, estructuran axiológicamente el mundo, responden a la pregunta sobre qué debo hacer y cómo tengo que comportarme, pero no solo eso, también dan respuesta a la cuestión de la identidad personal.

 

Desde la perspectiva que aquí se toma, una lógica de la crueldad no es equivalente

a un acto de violencia. Uno puede ser violento y no necesariamente ser cruel.

 

La violencia se comete siempre sobre un singular en cuanto singular, mientras que la crueldad tiene lugar sobre un singular, pero porque pertenece a un universal, a una categoría, a un sistema. 

 

Si la crueldad es cruel lo es porque se ejerce sobre un singular que no es contemplado como nombre propio sino como un ser que pertenece a un marco categorial (un judío, un gitano, un negro, un homosexual, una mujer.

La destrucción de lo múltiple y, por lo mismo, de lo singular. / de la diversidad y de la singularidad – de lo distinto /

 

La lógica de la crueldad da comienzo con el acto de someter lo singular a lo categorial, al «uno», al concepto, porque, como escribió Nietzsche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

Todo concepto se genera igualando lo no-igual.

 

La moral es una forma de conocimiento.

La metafísica occidental determina al ente «de antemano» como lo que es aprehensible y delimitable según la razón y el pensamiento.

La metafísica occidental se funda en esta preeminencia de la razón.

 

Comprender el funcionamiento de la moral como metafísica (como lógica) y para descubrir su crueldad.

La moral no ha podido liberarse de la unidad básica de la metafísica (pensar y ser es lo mismo)

 

Categorizar es dar confianza, es confiar en un lenguaje, es tranquilizar.

Es verdadero lo que sirve, y la moral no es ajena a esta noción de verdad.

Para un ser finito la moral tiene un fin preciso: tranquilizar conciencias,

pero esta tranquilidad posee una cara oscura, una zona gris: alguien va a quedar fuera de su protección.

Por eso la verdad de la lógica moral es cruel. La lógica nace al olvidar el nombre propio y, por lo tanto, lo insustituible, lo único, le trae sin cuidado. 

La moral no solo dicta normas, además configura modos de ser, nos dice quiénes somos. La moral es epistemológica y ontológica.

 

Las clasificaciones ordenan y rigen a priori formas de comportamiento y de acción. Son performativas, fijan «lo que es» y prescriben «lo que debe ser». -30- 

 

Siempre que nos enfrentamos al mundo ya estamos previamente en él.

Nacemos en un mundo y heredamos una lógica, una gramática (tradiciones, mitos, ritos, hábitos, costumbres, identidades…) que contiene una trama categorial (conceptual, ontológica, normativa y formativa) donante (y, al mismo tiempo, excluyente) de significado.

 

Una clasificación moral no tolera lo excepcional.

La lógica moral de la crueldad es una lógica metafísica, es el triunfo del «todo.

Lo enmarcan en una tipología y, al hacerlo, le dan categoría ontológica y, más aún, le otorgan, lo elevan a un rango o estatuto moral, lo legitiman, lo inmunizan, aunque, como vamos a ver y a diferencia de lo que podría pensarse, al inmunizarlo no lo protegen sino todo lo contrario, legitiman la destrucción de todo lo que queda fuera de ese rango, legitiman la destrucción del resto.

 

Una lógica moral es un lobo con piel de cordero, porque se nos presenta como una capa protectora cuando realmente solo protege a los que encuentran cobijo bajo su propio manto categorial,mientras que legitima la eliminación de los que han sido excluidos de ese mismo manto. 

 

Detrás de esa supuesta protección se oculta un principio cruel: la legitimación del exterminio de los que no encajan en esa moral. No pueden ni deben ser protegidos. Así pues, una lógica metafísica —no solo la moral, pero también la moral— siempre ejerce crueldad porque trata al nombre propio, a lo único, como un simple «ejemplo del uno.

 

Aparece lo que no puede ser integrado en las normas y en las categorías que la propia lógica ha predeterminado. Esos restos no pueden ser protegidos y entonces quedan literalmente fuera de la ley.

 

Lejos de abandonar la lógica, la crueldad es un exceso de ella, es una lógica total, una lógica de la totalidad. Una lógica de la crueldad es, en el fondo, una radical negación de lo heterogéneo.

 

Una lógica de la crueldad irrumpe como un sistema de total previsibilidad en el

que todo puede y debe ser administrado, calculado y programado, un sistema que no solamente ignora la exterioridad, sino que va más allá: la niega y la destruye.

 

El cruel mira. Me mira, pero no me ve. Su mirada es omnipotente, infinita, ineludible.

La mirada cruel no está desprovista de significado.

La mirada cruel dice lo que uno «es» … y, en mayor medida, incluso dice si es, si existe, si tiene derecho a ser, si tiene derechos y qué derechos tiene. 

 

La mirada cruel es una mirada justificadora y legitimadora, es una mirada que tranquiliza comportamientos y acciones, es una mirada que le deja a uno dormir a pierna suelta. 

Extremadamente lógica, en la mirada cruel todo tiene y debe tener.

 

La crueldad, a diferencia de la violencia, no es ni puede ser resultado de una improvisación, de un arrebato. 

Así sucede en el primer capítulo de Las benévolas, de Jonathan Littell. 

 

Ni Höss, ni Eichmann, ni ninguno de los jerarcas de las SS eran sádicos, sino seres ordinarios, normales, y tenían la conciencia tranquila porque ninguno de ellos mandó a la muerte a «seres humanos» sino a «judíos. / y además lo hacían obedeciendo al jefe y a las leyes establecidas /

La nacionalsocialista, es una gramática en la que el nombre propio del deportado es sustituido por un número.

 

En definitiva: para el cruel, el horror (que para él ha dejado de serlo) tiene significado y otorga significado. Resultado de una lógica que dota de significado a una ordenación del mundo.

 

Como veremos repetidamente, lo cruel se caracteriza por el orden, un orden que ha expulsado definitivamente el caos, un orden en el que todos sus elementos son «lo que son» en función del «lugar» que ocupan en la clasificación, una clasificación

que, y esto es decisivo, al decir lo que uno es, dice también cómo debe ser tratado, cómo debe ser considerado, si su vida puede ser vivida, si su muerte puede ser llorada.

 

Está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f ) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. 

 

El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el caos: ha parcelado el universo en 1000 subdivisiones, de las cuales la 262 corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica Romana; la 263, al Día del Señor; la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al brahmanismo, budismo, shintoísmo y taoísmo. No rehúsa las subdivisiones heterogéneas, verbigracia, la 179: «Crueldad con los animales. Protección de los animales. El

duelo y el suicidio desde el punto de vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades varias.

 

Así comienza a funcionar una lógica de la crueldad. Con aparente inocencia en sus inicios, se convierte en perversa más adelante.

 

Si no se puede «pensar» entonces «esto» —el nombre propio— no existe. Lógica de la crueldad es, en su esencia, una ontología, una fuerza de ser, una lógica que aparentemente solo clasifica, pero que, en realidad, realiza una operación muy significativa: otorga ser y significado.

 

Una fuerza normativa, valorativa y performativa. Establece las formas a priori de relacionarnos con «el que es», con «el que es como el orden o la clasificación ha decidido que sea.

 

La imposibilidad de penetrar en el esquema divino del universo no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que estos son provisorios.

El orden es, a la vez, lo que se da en las cosas como su ley interior.

 

La crueldad es una lógica que consiste básicamente en un sistema organizativo, en un orden.

 

Todo orden es un sistema de inclusión exclusión y, por eso, configura la reja de una mirada que otorga categoría ontológica, esto es, dice si algo es y cómo es, considera si puede ser visto o conocido y cómo puede serlo.

 

Un orden no es nunca solo un orden epistemológico sino también y básicamente un orden ontológico y moral. 

 

Deconstruir la configuración de la lógica moral que opera en las gramáticas sociales

 

La moral es un marco sígnico-normativo propio de una cultura concreta en un determinado momento de su historia, es un a priori que hemos heredado y que opera en nuestra percepción del mundo, en nuestras formas de vivir en él y con él, así como en la relación que cada uno de nosotros establece consigo mismo.

 

La moral es un a priori histórico que ordena el mundo y nos exhorta a tratar lo ordenado de un determinado modo.

 

En todo querer-conocer hay ya una gota de crueldad.

 

PÓRTICO: LA GRAMÁTICA MORAL DEL MUNDO – 45-

 




No hay comentarios:

Publicar un comentario